Punishment

Escrito en enero de 2013
Tú tienes tu estilo, y yo el mío. Pero es un placer que me influencies. Gracias 😉

– Entra.
Obedeció. Cerró la puerta sin apenas hacer ruido. La única luz que había en la habitación era la de unas velas y olía a incienso. Apenas se podía ver nada.
– Desnúdate, completamente.
Ni siquiera le había mirado. O sí, quien sabe, Él a Ella no la había visto, y quizá Ella sí estaba observando todos sus movimientos. Pasó a la habitación y se desnudó, como le había ordenado. No sólo se sentía desnudo,  también vulnerable. Expuesto. No era nada extraordinario, pero quizá sí lo sería lo que iba a suceder a continuación. Las sensaciones se agolpaban en su mente. No, no era miedo. ¿Incertidumbre? Nervios. Cada vez que algo rozaba su piel notaba cómo se erizaba. Todo él era un manojo de nervios, pero nervios buenos. De los que gusta sentir. Y por supuesto, estaba excitado. Mucho, al sentarse para quitarse los pantalones lo notó perfectamente.
Volvió al salón. Sonaba Sadeness de Enigma. La susurrante y sensual voz de Sandra era toda una provocación en su estado. Se quedó de pie, con las manos detrás de la espalda. Ahora sí sintió algo parecido al miedo. Miedo a no estar a la altura. Miedo a no poder seguir adelante. A decepcionarla. Cerró los ojos un segundo y bajó la mirada. Creyó que el corazón se le saldría por la boca…
– Mírame.

Lo hizo, muy despacio. Levantando la mirada muy lentamente, hasta encontrarse con la suya. Su mano le acarició la cara, muy levemente. Vio su rostro, serio, concentrado, tanto, que casi se asustó de verdad. Pero no, sus ojos sonreían.

– ¿Confías en mi, verdad?
– Sí
– Bien – le besó suavemente en los labios- De rodillas
Cumplió la orden muy despacio. Ahora no sabía donde mirar. Quería mirarla a Ella, pero quizá no debería. Así que fijó la vista en el suelo, en las vetas de la tarima que formaban caprichosas líneas. Lo siguiente que notó fue una tela sobre los ojos, de color oscuro, que no dejaba pasar la ya de por sí escasa luz que había en la estancia. El corazón se le volvió a desbocar. Perder uno de los sentidos hace que se agudicen las sensaciones, en general, y eso fue lo que sucedió a continuación. Notó como la punta de sus dedos recorría su piel, haciendo que se formaran picos en ella, manteniéndole alerta, preparado para más sensaciones. Llegaron hasta sus pezones, y se endurecieron al instante, y lo hicieron aún más cuando sus dedos decidieron retorcerlos, suave primero, y luego mucho más fuerte, de repente, haciéndole dar un salto, casi, por el dolor súbito. Y las punzadas en la entrepierna, respondiendo a ese y a todos los estímulos. Tuvo que recuperar un poco la postura, ya que notó que se empapaba y se le endurecía la polla (más), y cómo sus fluidos casi caían sobre el suelo. ¿Eso estaría bien? ¿Sería correcto?
– ¿Qué haces? ¿Quién te ha dicho que te muevas?
– Nadie, Señora.
– ¿Entonces? ¿Qué ocurre?
– Señora… estoy muy excitado, mojado…
– Porque eres un guarro. Mucho.  Por cierto, ¿Señora? ¿Quién soy, cerdo? ¿Soy una “Señora” cualquiera, acaso? – una leve bofetada aterrizó en su cara. La humillación, ah, cómo le costaba aceptarla. Un calor interior empezó a invadirle…
– No, mi Ama. Eres mi Señora y mi Dueña – la voz le temblaba un poco
– ¿Y tú eres…?
– Un perro, mi Ama
– Un perro, sí. Correcto, pero no del todo, eres “mi” perro.
– Tu perro, mi Ama.
– Lo que te jode que te humille, ¿eh? Pues jódete. Porque voy a hacerlo, lo que me de la gana. Se que prefieres que te azote, que te pince, o que te haga cualquier otra cosa, perrito masoca. Pero hoy me apetece humillarte.
– Mi Ama, soy tuyo, puedes hacer conmigo lo que quieras.
– Dices eso, pero en realidad… ¿qué piensas? Y dí la verdad.
– Digo la verdad, mi Dueña. Deseo que hagas conmigo lo que quieras, si quieres humillarme, azotarme, hacerme sentir dolor. Soy tuyo.
– Me jode que te pongas en plan felpudo, y lo sabes. No agotes mi paciencia, perro.
– No, mi Dueña. No deseo contrariarte…
– Pues dime lo que piensas realmente – otra bofetada le cruzó la cara
Tuvo que respirar profundamente. Lo que sentía cuando le humillaba eran ganas de levantarse y devolvérsela. Ganas inmensas de mirarla a los ojos y desafiarla. Y al mismo tiempo, la lucha mental para no hacerlo, para mantener esas ganas a raya y permanecer sumiso. Qué contradictorio… Y qué cachondo estaba. Eso era peor aún, le humillaría aún más por ello…
–  Cuando me humillas, Ama, tengo ganas de dominarte. De levantarme y hacerte o decirte cosas parecidas a lo que me estás diciendo tú.
– Bien, eso está mucho mejor, perrito. ¿Ves? No era tan difícil. Sólo que esa confesión te va costar cara. ¿Así que tienes ganas de dominarme?
– Me dan ganas, Ama, pero me las aguanto.
– Por supuesto que las aguantarás. Además, no puedes hacerlo. Soy muy superior a ti,  y se aprovecharme de todos los resquicios que me dejas. Muéstrame tu polla. ¿Cómo la tienes, cerdo?
Él se llevó la mano derecha a la polla. Se la ofreció.
– Dura, mi Ama. Está dura, y muy gorda, mucho.
– Ya lo veo. Porque estás pensando… ¿en?
– En follarte, mi Ama. Tengo muchas ganas de follarte…
Ella soltó una carcajada.
– Si, eso me lo imagino. ¿Y sabes qué? Que eso no va a suceder.
– ¿No dejarás que te complazca, mi Dueña? ¿Que te de placer?
– Más te vale que me des placer. O lo lamentarás, perro.
– Se que te complace que te folle, mi Ama…
– Eso no te va a salir bien, así que cambia de táctica ya.
– ¿Deseas que te complazca de otra forma, mi Dueña?
– Hoy no estás aquí para eso, ¿recuerdas?. Te he llamado porque teníamos algo pendiente.
En efecto, así era.
– Hoy deseo ver tu cara mientras estás atado y me ves corriéndome, dos, tres veces. Las que yo quiera. ¿Recuerdas que te debo un castigo, verdad? Será no poder tocarme, pero sí verme. No podrás correrte, tendrás que irte cargadito hasta la siguiente vez que nos veamos. Que será cuando yo quiera, igual es una semana, tres días, medio día, quince días, un mes… Quien sabe – sonrió, aunque no pudo verla.
– ¿Mi falta es tan grave para merecer ese castigo tan… cruel, Ama?
– ¿Cruel? Por favor. No es nada, no te quejes tanto…
– Llevo muy mal no poder correrme, lo sabes, mi Dueña. Me cuesta mucho…
– Por eso es un castigo. Te confieso que tengo ganas de que me folles. Pero tengo que enseñarte. Y si no lo hago, no haré de ti un buen perro. De hecho, más tarde quedaré con un amigo para que me folle, da gracias a que no le he dicho que venga para que lo haga delante de ti. Y pobre de ti como me entere que te has corrido en los días que no te vea. Lo sabré, se te nota mucho cuando estás ansioso por correrte y cuando no lo estás.
Él se sintió morir. Saber que quien la tendría no sería él hizo que se sintiera horrible. Al menos, querría verlo, verla disfrutando, le encantaba hacerlo. Las lágrimas, de pura humillación y rabia, asomaron en sus ojos, afortunadamente, cubiertos por la venda, al menos, eso no podría verlo.
– ¿Aceptas el castigo?
– Si, mi Ama – dijo, con la voz débil
– ¿Qué ocurre?
– Que me duele, mi Ama. No ser yo quien va a tenerte, no poder tocarte, lo deseaba mucho.
– Me apena verte así, pero debes aprender. Tu arrogancia es lo que lo ha ocasionado, lo entiendes, ¿verdad?
– Sí, mi Dueña…
– Bien. Puedes quitarte la venda de los ojos. Tráeme la Hitachi y el vibrador grande. Y una cuerda.
Trajo todo lo que había pedido. Le ordenó que se sentara en una silla con brazos, y luego le ató los suyos propios a los del mueble, los tobillos a las patas, de manera que no podía soltarse ni moverse apenas. Luego se fue desnudando lentamente, hasta quedar sólo con las medias y los zapatos. Cogió la fusta, que tenía cerca, y se acercó a él.
– Por si tienes tentaciones de tocarte. Quien evita la ocasión, evita el peligro. Hasta el más mínimo roce te va a doler – levantó la fusta, acariciándole suavemente el pecho con ella, haciendo que sintiera el cuero. Bajó hasta su polla y la acarició también con la punta de la fusta, retardando el golpe, haciendo que se excitara aún más. Hasta que llegó. Certero, seco, y fuerte. Sin compasión. Le hizo soltar un alarido de dolor. Y vio ese brillo en sus ojos, sabía que cuanto más gritara, más brillarían. La fusta subió y bajó 19 veces más sobre su polla, y cuando terminó, la tenía dolorida, enrojecida. Pero durísima, lo que lo agravaba. El dolor alimentaba a la excitación y ésta al dolor. Ella dejó la fusta sobre sus muslos y se dirigió al sofá. Se recostó en él y, tomando la Hitachi la pasó, en la velocidad más alta, sobre su coño. Se veía mojado, empapado, uff, cuánto deseaba lamerla, cuánto deseaba poder sujetar él mismo el vibrador y ver de cerca su cara de placer absoluto, cogerle la mano cuando estaba a punto de correrse. Apenas tardó en hacerlo, y no una, sino tres veces. Tras lo cual, cogió el otro vibrador y se folló con él, consiguiendo correrse otra vez más. Las lágrimas de pura impotencia le caían por la cara, mientras ella se levantaba, iba a desatarle y le ordenaba que fuera al baño.
– Métete en la ducha, y espérame allí. Voy a mearte.
Cumplió la orden. La esperó dentro de la ducha, sentado, esperando a que Ella comenzara a regarle con su dorado líquido. Sabía que esta vez iba a escocerle, tenía la polla ardiendo por los fustazos recibidos, y ardiendo de ganas de aliviarse, sin poder hacerlo. Ella llegó y, colocándose sobre él, de pie, derramó su meada, efectivamente, sobre su polla sensibilizada. Cuando terminó le dijo
– No puedes lavarte hasta mañana por la mañana. Ahora, cuando te seques un poco, vístete y vete. Tendrás noticias mías.
Él espero a que se le secaran un poco las piernas y la polla, sin retirar nada por su propia mano. Se vistió, marcado por su orina, oliendo a ella, con una sensación de dolor y una ligera repugnancia, aunque soportable, y se marchó a casa, donde, hasta el día siguiente, no podría lavarse.
Por la noche, recostado en su cama, recibió una llamada de teléfono. Cogió el móvil y miró la pantalla. Su nombre parpadeaba en ella mientras el teléfono sonaba. Contestó.
– ¿Hola?
Pero no obtuvo respuesta. Sólo sus inconfundibles gemidos, deliciosos, y otros desconocidos. Cerró los ojos, y apretó los puños. Joder. Las punzadas de dolor en la entrepierna le advirtieron que no podía tocarse… a pesar de desearlo más que nada en el mundo en ese momento, a pesar del dolor, a pesar de las lágrimas de pura rabia… A pesar de todo.
Y sí, había aprendido la lección. Jamás volvería a ponerse chulo con Ella.

4 comentarios en “Punishment

  1. Pero que perversa eres, me encanta el relato, sobre todo que el sumiso tenga ganas de ponerse en pie y siga de rodillas, como debe ser.Jardín

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    1. Gracias 😉
      Las prácticas cuckold tienen muchas posibilidades a la hora de degradar y humillar, evidentemente, tomando las precauciones necesarias para que nadie resulte dañad@ realmente.

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