Berlín (IV)

La tarde pasó despacio. Como siempre que estaba con Fer, el exceso de feromonas y sexo flotaba en el ambiente, era embriagador, casi que me hubiera podido emborrachar con el olor y las sensaciones. Apoyada sobre su pecho, me había quedado medio dormida.

No sé cuanto tiempo pasó, pero , en un momento dado, me desperté, y tenía la sensación de que me había pasado un ejército por encima. O como si me hubiera tirado a todos sus integrantes. No había parte del cuerpo que no me doliera. Pero, extrañamente, sentir ese dolor me gustaba. No era la primera vez que tenía esa misma sensación, pero el dolor en el culo me hizo recordar y me gustó. Sonreí, mientras me desperezaba y volví la cabeza buscando a Fer, pero no estaba a mi lado. Me levanté despacio, sintiendo cada parte de mi cuerpo. Estaba sentado en el cuarto de estar o salón que tenía la casa, y yo debía de haber dormido mucho rato, porque le vi con el ordenador abierto, y parecía estar concentrado, trabajando.
Desnuda, fui a donde estaba, le besé el cuello por detrás y le mordí un poco.

– Si te has despertado. Menos mal, pensé que dormirías hasta mañana – sonrió
– ¿Qué hora es?
– Casi las nueve
–  ¿Te ha dado tiempo hasta a trabajar? ¿Y cuánto tiempo llevo durmiendo? – le pregunté, extrañada
– Un buen rato, rubita. ¿Tienes hambre?
– Mucha, y no me había dado ni cuenta, pero ahora que lo dices…
– Pues vamos a comer algo, anda – me dijo – Date una ducha, y vístete. Ponte falda, o vestido, sin sujetador y medias. El pelo suelto y liso – me dijo
– Qué claro lo tienes, ¿no? – me miró sonriendo, mientras cerraba la tapa de su ordenador
– Por supuesto – sonrió- Ah, cuando acabes de ducharte, te pones las bolas chinas. Y no te pongas bragas.
– Joder, que cuando estoy contigo me mojo mucho, a ver si se me va a notar…
– Mira tú que problema – sonrió – ¿Así que te mojas mucho cuando estás conmigo? – me dijo, encantado de oírlo
– Ya sabes que sí – sonreí, mientras me ponía sobre él y le besaba, lentamente.
– Me estás poniendo perdido, guarra, ¿tú te crees que esto es normal? – me dijo, mirándome y señalando después una mancha de humedad que le había quedado en los vaqueros, donde me había sentado.
– No, la verdad es que lo que me pasa contigo no es muy normal, no – le dije
– Si no fuera porque tengo hambre, te castigaría – sonrió- pero la tengo, así que te vas a librar. Ve a vestirte, anda – me dijo, dándome otro beso.

Me duché y me vestí, siguiendo sus instrucciones. Cosas así –decirme exactamente como quería que fuera vestida, o que hiciera determinada cosa durante una cena, o una fiesta- sí que lo había hecho muchas veces. Y en ese momento eché la vista atrás y recordé cuántas veces había realizado alguna de esas pequeñas acciones. Había algo que le gustaba hacer cuando estábamos juntos, y era comprobar que había cumplido lo que me había pedido – normalmente era que me pusiera determinada ropa interior, o la ropa de un color- y desvestirme despacio cuando nos veíamos por la noche. Una vez lo hizo en el baño de un bar al que fuimos al cumpleaños de un amigo suyo, me folló, y luego me hizo vestirme otra vez, despacio y mirándole a los ojos. Después me dijo que si nos preguntaban por qué habíamos tardado, tendría que decir la verdad. Y, no, no tuve que hacerlo, aunque alguna miradita socarrona sí que hubo. Sus amigos le conocen bien, claro. A mí me dio una vergüenza terrible, pero aquella noche, como todas, acabé chorreando, claro.

Antes de salir, me inspeccionó bien, para ver si iba a su gusto. Eso también lo habíamos hecho antes. Me miró, me acarició el pelo recién alisado, comprobó que iba sin ropa interior y que me había puesto las bolas. Como al pasar la mano por mi coño se le manchó, se la tuve que limpiar lamiéndosela, que era otra de las cosas que estaba acostumbrada a hacer. Le gustaba que lo hiciera mirándole a los ojos y despacio, recreándome. Cuando terminé, sonrió y me besó, y luego salimos a coger el coche.

– Antes, mientras me vestía, he estado pensado en las veces que hemos hecho cosas parecidas a esta, como que me dijeras cómo tenía que ir vestida – le dije, mientras conducía
– ¿Y has llegado a alguna conclusión? – sonrió
– No, aparte de que siempre has tenido muy claras las cosas.
– Y a ti siempre te ha gustado hacer lo que te decía, ¿verdad?
– La verdad es que sí, aunque muchas veces te hubiera matado.
– Puede que sí, pero te encanta hacer lo que te digo – sonrió-
– Tengo que reconocerte que sí, letrado
– Pensaba hablarlo ahora, mientras cenamos, pero te puedo dar un adelanto.
– ¿El qué?
– Quería preguntarte algo, pero casi me has dado la respuesta – sonrió
– Joder, estás críptico, ¿eh? Venga, dímelo…
– Espérate, impaciente, que ya llegamos

Llegamos a un pueblo pequeñito que estaba a unos veinte minutos de donde estaba la cabaña. Redujo la velocidad y aparcó en una plaza, donde había un restaurante y un bar. Entramos en el restaurante, y pasamos directamente a una mesa. No había casi nadie, miramos la carta y pedimos rápidamente. Mientras esperábamos, le volví a preguntar.

– Bueno, ¿me vas a decir ya…?
– Sí, sí, ya voy – sonrió- Bueno, mi idea ahora era que me dijeras como te has ido sintiendo haciendo las cosas que te he ido pidiendo hoy, pero ya me lo has dicho hace un momento en el coche. En realidad siempre hemos hecho lo mismo, a mí me gusta decirte cómo me gusta que hagas las cosas y a ti te gusta hacerlas.
– Sí, siempre ha sido así, la verdad.
– Pues me gustaría que demos un paso más.

Le miré, seria
– ¿Un paso más?
– Esta tarde me has reconocido, por fin, que lo haces porque eres mía. Si no lo fueras, sería imposible, y además, me habrías mandado a la mierda hace mucho, y de verdad.
– Bueno, un poco sí que te mandé…
– Sí, claro, tan poco que aquí estamos – sonrió, irónico- pero no pasa nada, a los dos nos gusta esta situación.
– A ver, acaba ya, por favor- me impacienté yo
– Cállate ya, impaciente – me dijo, mientras me cogía la mano izquierda, metía el dedo entre mi piel y la pulsera de cuero negra que llevaba y tiraba un poco de ella- ¿qué has sentido cuando te la he puesto esta mañana?
– Que estabas como una regadera.
– Y ahora en serio…

Me quedé pensativa

– He sentido cosas contradictorias. Que me marcabas, y me ha gustado, pero también rechazo a esa sensación. No sé, ya te he dicho esta tarde que estoy un poco hecha un lío con algunas cosas. Pero es verdad que me gusta hacer lo que me dices, siempre me ha gustado hacerlo, es algo que me gusta y me excita, me gusta complacerte, hacer que estés a gusto.
– Bien, pues ahí voy. Estos dos días eran una especie de ensayo a ver cómo iba, pero ha salido mucho mejor de lo que esperaba – sonrió – Como te he dicho esta tarde, hay cosas que me gustaría que hicieras para mí a partir de hoy. Cosas como preguntarme qué tienes que ponerte, o no, o peinarte, o hacer…
– ¿Cómo lo que hemos hecho, pero todos los días?
– Sí, eso es
– Y… ¿no será demasiado?
– No lo fue cuando estábamos juntos, casi lo hacíamos ya – sonrió – Sería algo parecido, pero ampliándolo a más cosas. Por ejemplo, cuando vayas a follar con otro, incluido el imbécil, quiero que me preguntes si puedes correrte, o que me digas qué vas a hacer. No sé, pensé en ese trío que me dijiste que habías hecho con tu alumno y su hermano, y me hubiera encantado controlar lo que pasó. Bueno, si hubiera sido viéndolo también, pero entonces te lo hubiera jodido. ¿Me has entendido? – me preguntó, mirándome a los ojos
– Sí, quieres tenerme controlada y que los dos disfrutemos con ello, ¿es así?
– Justo, rubita. ¿Qué me dices?
– No sé – dudé- ¿Habrá período de prueba? – sonreí
– Claro – sonrió él- lo habrá, e iremos viendo como va la cosa, pero creo que irá bien. ¿Quieres un contrato y todo? Mira que te lo hago y te lo lleno de cláusulas de esas que ponemos los abogados que no hay quien entienda – sonrió
– No, no hace falta, gracias – sonreí yo- ¿Y si alguna vez no quiero hacer algo?
– Me lo dices , pero nunca me mientas, porque sabes que no puedes mentirme, siempre te pillo – sonrió- Si no quieres hacer algo, me lo cuentas, lo hablamos, si yo creo que te tengo que castigar, lo haré, y si eres buena también te premiaré.
– ¿Y si quiero dejarlo y acabar con todo?
– Me lo dices, que tenemos confianza de sobra para que lo hagas, ¿no? Yo también, si quiero acabarlo también te lo diré. ¿Aceptas? – levantó su vaso
– Acepto, letrado – levanté el mío y brindé con él, sonriendo.

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