La tutoría (II)

Alargar mi excitación hasta volverme loca es algo que le ha gustado hacer siempre. Y he de decir que lo hace como nadie, conoce cada resquicio de mi mente, cada reacción y lo usa a su antojo. Me desespera saberme tan en sus manos y es algo contra lo que llevo años luchando, sin éxito. Como mucho consigo frenarlo, pero es como intentar cerrar una presa cuando el río crece: no funciona, el río se desborda igual y la presa se puede llegar a romper.

Pasé el fin de semana como pude. Por suerte tenía mucho trabajo que preparar: exámenes, prácticas, ejercicios y adelantar un par de artículos que quería mandar a publicar antes de que acabara el mes, aunque, por supuesto, él alimentó mi excitación con algunos correos electrónicos que me mandó a lo largo del fin de semana. Cuando estoy con David no me escribe al móvil ni me llama, solo me escribe por mail o por Skype cuando estoy conectada. Así que se dedicó a ponerme aún más cachonda de lo que me había quedado cuando me fui de su despacho. El viernes cuando llegué a casa tuve que meterme en la ducha porque estaba hecha un asco y me resultó muy difícil no hacerme un favor, de buena gana lo hubiera hecho, pero había algo que me lo impedía, y ese algo era mucho más fuerte y poderoso que mis ganas. Como estoy aprendiendo, cuando terminé de ducharme, me puse un directo de los primeros años de Fleetwood Mac, el “Live in Boston” y una copa de vino blanco, me senté en la cama y le mandé un mensaje para decírselo, le gusta que le cuente esos pequeños progresos.

Yo – Te alegrará saber que acabo de salir de la ducha y he tenido muchas ganas de tocarme, pero no lo he hecho.
Fer – ¿Muchas muchas ganas? 
Yo – Muchas, gracias a tí, cabrón
Fer – ¿Me odias mucho? 
Yo – Muchísimo. Y sigo pensando que estás fatal.
Fer – Me encanta 😉
Yo – Cabronazo
Fer – Fóllate a tu maridito, si le pillas en casa
Yo – ¿Si follo con él, puedo correrme? 
Fer – Si la iniciativa de follar viene de él, sí. Si no, ni de coña.

La cosa iba a estar complicada entonces, porque David tiene el mismo impulso sexual que los caracoles, o sea, ninguno. La que lleva la voz cantante en ese tema soy yo y siempre le tengo que buscar si quiero echar un polvo. Por supuesto, es un dato que Fer conoce y por eso utiliza. Hacer trampas no era una opción para mí, estaba aprendiendo a canalizar mis deseos y a disfrutar también del hecho de complacerle. Comprobé que me resulta muy erótico hacer lo que me pide, por más que a veces me cueste. Siempre he tenido una libido alta, y controlarla estaba siendo complejo, pero estaba aprendiendo a disfrutarlo y me gustaba cada vez que lograba hacerlo, como en ese momento.

Las horas del fin de semana pasaron y me cundió mucho. David tuvo que salir para varias urgencias al hospital así que, aunque hubiera tenido ganas de follar, no hubiera podido ser. Después volvía con pocas ganas de hacer nada, excepto seguir trabajando. Así que yo hice lo mismo y trabajé como una mula durante todo el sábado y parte del domingo. De esa forma, las horas pasaron rápido hasta que llegó el lunes. No recibí instrucciones específicas sobre estilismo y vestuario, excepto tres: pelo suelto y ondulado, falda y medias. Por lo demás tendría que apañarme para ser toda una profesora de ingeniería informática por la mañana y por la tarde una estudiante de Derecho más. Así que me puse una falda negra, una camisa estampada, chaleco negro informal, botas y en el interior lencería negra, su favorita.

A la hora acordada, las cuatro y media, me dispuse a asistir a mi primera clase de Derecho Penal. He visto a Fer dar conferencias y charlas sobre el tema, pero nunca clase a los alumnos y nunca había asistido a una, claro. Me había dicho el aula donde tenía que estar y como no quería perderme ni llegar tarde, pregunté a un grupo de alumnos que me indicaron sin mirarme con cara rara. Parece que daba el pego como alumna. Encontré el aula y volví a preguntar a los que estaban entrando, por si acaso, y me confirmaron que la clase de Penal II de Álamo era allí. Me senté en la última fila y me preparé para entender más bien poco, mi nivel de conocimiento sobre Derecho es más bien escaso, pero quien sabe, lo mismo hasta resultaba interesante.

A la hora en punto, como no, apareció Fer, impecable como siempre, con un pantalón de traje gris oscuro, camisa de color claro, sin corbata y la americana en la mano, guapísimo. Seguramente vendría del despacho o de algún juicio. Escuché a dos chicas comentar lo bueno que está, pero lo hijo de puta que es y solo pude sonreír y darles la razón en mi mente. Les tenía bien metidos en vereda, porque empezó sin perder el tiempo, diciéndoles, bueno, diciéndonos, que empezábamos con la práctica que les había puesto. Su mirada se cruzó con la mía en un momento dado, sonreí, me devolvió la sonrisa y yo evité volver a mirarle, porque estaba bastante nerviosa y no me fiaba de lo que se le pudiera ocurrir. En clase hace lo mismo que yo y se pasea por el aula, así que en un momento dado, le tenía al lado y como en mi fila no había nadie aprovechó para rozarme y ese mínimo contacto hizo que me excitara, igual que siempre. El roce, su olor, la situación, todo. En mitad de la clase, dos alumnos estaban exponiendo y debatiendo sus puntos de vista sobre la sentencia mientras él les escuchaba, cuando de pronto alguien abrió la puerta.

— Fernando, ¿puedes salir un momento? – le dijeron

El corazón se me puso al revés. La persona que había entrado era Roberto Alameda, el ahora vicedecano de la facultad y quien nos presentó años atrás, muy amigo de mis amigas Mónica y Laura. Bajé la cabeza y la enterré entre unos papeles, confiando en que no me hubiera visto. Alameda se quedó en el aula unos eternos treinta segundos, hasta que Fer le pudo llevar fuera. Yo en ese momento le quise matar pero, cuanto más tiempo pasaba, más excitada estaba por toda la situación.

Alameda se marchó y yo volví a recuperar la respiración, aunque la adrenalina se me acumulaba y el corazón me golpeaba fuerte en el pecho. La clase continuó, él terminó de explicar varias cosas y, sin dejarles casi ni respirar, les dio otras dos sentencias para la siguiente clase, lo que no fue nada popular y se quejaron.

— Rodríguez – dijo, dirigiéndose al cabecilla del grupo que se había quejado – si tiene algún problema, pida una hoja de reclamaciones. Pero aquí se viene a trabajar. Así que – y al decir estas palabras me miró – póngase las pilas, que como siga con esa actitud va derechito al fracaso.

Yo también soy de las que no paran de hablar, hago participar mucho a los alumnos, sobre todo cuando son prácticas, y les hago currar mucho, pero el nivel que tenía la clase era una locura. Lo cierto es que, excepto Rodríguez y su grupito, el resto de los alumnos reaccionaron bien, y varios se quedaron apuntando cosas y haciéndole preguntas. Se notaba que le apreciaban y le valoraban como profesor, a pesar del ritmo frenético que les exigía. Si supieran que es igual en todas partes… Me quedé recogiendo mis cosas despacio. Esperé a que los alumnos se dispersaran y salí del aula para ir a su despacho, no quería más sorpresas ni encontrarme con nadie, así que hice tiempo en el baño para darle tiempo a que bajara. Cuando calculé que ya estaría, bajé las escaleras, caminé hasta la puerta de su despacho y llamé, nerviosa. El corazón no había dejado de taladrarme el pecho.

— Adelante – dijo

Entré y me sonrió. Estaba de pie y, sin mediar palabra, me lancé a besarle con ansia, estaba muy nerviosa, y él se dejó hacer, hasta que me separó de sus labios.

— Buenas tardes, Romero. ¿Esto es que le ha gustado la clase? – preguntó, sonriéndome.
— La clase ha sido muy interesante, profesor. En serio que sí – sonreí
— Me alegra que le haya gustado, pero usted y yo tenemos algo pendiente, ¿verdad?
— Para eso estoy aquí – le dije, mirándole a los ojos con toda la intención

Me puso la llave de la puerta del despacho en la mano y me devolvió la mirada.

— Cierre con llave. Y después venga aquí conmigo.

Me mojé aún más de lo que ya estaba cuando me dijo aquello. Eché la llave y volví con él, poniéndosela de nuevo en la mano.

— Quítese las bragas, espero que hoy sí que haya venido con ellas puestas, y démelas.
— No acostumbró a ir sin bragas por ahí, profesor – le dije
— Excepto cuando está usted cachonda perdida o quiere sobornar a sus profesores, ¿no? Quíteselas y no sea impertinente, Romero.

Le obedecí despacio y me quedé con ellas en la mano. Él las cogió y las olió.

— Así huelen las putas – sonrió – Abra la boca – la abrí y me metió las bragas en ella, de manera que no pudiera decir nada. Luego me las sacó otra vez.
— Si ve que no aguanta, o por cualquier motivo no quiere que siga, me apretará la pierna tres veces, ¿entendido?
— Entendido – respondí, mientras él iba a sentarse a su silla.
— Venga aquí y póngase sobre mis rodillas, echada sobre ellas boca abajo. Cuando esté en la postura, volverá a ponerse las bragas en la boca.

Lo hice, despacio. Me tumbé sobre sus piernas, mordí las bragas y él me sujetó por la cintura, fuerte, hasta que pude coger bien la posición. Me acarició el culo sobre la falda aún, luego metió la mano por debajo, continuó tocando la piel, luego volvió a hacerlo sobre la la tela y por último, subió la falda muy despacio hasta dejarla enrollada en la cintura.

— No se olvide de contar, Romero. Y de agradecerlos.
— Eso no voy a poder hacerlo, profesor – le dije, sacándome las bragas de la boca un momento y volviendo a ponerlas en su sitio después. Llevaba muy mal las humillaciones, por más que me excitara. Era imposible para mí en ese momento.
— Como quiera, Romero. Si no cuenta, los azotes serán más fuertes. Si cuenta, menos.

Hice un gesto con la cabeza, asintiendo.

— Empiezo – me dijo, acariciándome el culo otra vez dándome unos azotes ligeros, como para calentar la piel. Cada uno de ellos iba derecho a mi entrepierna, que ya estaba chorreando hace rato. Entonces vino el primero, descargó toda la fuerza de su mano sobre mi piel y yo mordí las bragas para sofocar el grito. Después vinieron más y más seguidos. Cuando llegó a los treinta el culo me ardía y cada vez me era más difícil no moverme. Tenía que sujetarme bien fuerte y en algunos movimientos notaba el bulto de su polla contra el pecho. A los cincuenta las lágrimas se me agolpaban en los ojos, de dolor, de pura excitación y de la humillación de estar en esa postura disfrutando tanto de algo que, se suponía, no debería gustarme. Hizo una pausa, mientras me acariciaba la piel, que notaba sensible y ardiendo, y me preguntó.

— ¿Qué tal va, Romero? ¿Sigo, o quiere que pare? – me preguntó. Quítese las bragas de la boca.

Lo hice. Estaban empapadas, de mi propia excitación y mi saliva.

— Quiero llegar a los cien
— Ya, ¿pero puede, o no? Ahora voy a usar una regla, y le va a doler más – me dijo, acariciándome.
— Siga, por favor – le dije. Me dolía mucho, pero se transformaba en placer, y las punzadas de dolor iban directas a mi coño, donde notaba palpitar el clítoris, como si tuviera vida propia. Continuó azotándome despacio, dejando tiempo entre cada uno con una regla, aunque yo no la veía. Cuando iba por los setenta estaba a punto de correrme y se lo quise decir, pero casi no me dio tiempo. Me agarré a su pierna, y entonces él paró en seco.

— ¿Bien? ¿Qué pasa?
— Señor yo… me voy a correr, no lo puedo controlar – le dije, casi notando los espasmos del orgasmo, con la voz tomada.
— ¿Usted que es, Romero? ¿Para mí qué es usted? – me preguntó.
— Una puta, Señor – le dije, notando que llegaba la corrida.
— ¿Una puta cualquiera?
— La suya, Señor – le dije, tragándome el orgullo. Después mordí bien fuerte la tela de mis bragas para no gritar, mientras él ponía los dedos sobre mi clítoris, sin moverlos, y yo sentía las contracciones de mi primer orgasmo logrado solo con dolor.
— Las putas educadas cuentan cuando se les pide que lo hagan, dan las gracias después de correrse, y bueno, también piden permiso, pero usted es una putilla asalvajada y voy a enseñarle bien. Los treinta que le quedan para llegar a los cien se los guardo, zorra viciosa. Ahora se va a levantar, despacio – me ayudó a hacerlo, sujetándome fuerte, y se va a ocupar de mí polla, que la tengo a punto de reventar. Pienso hacer lo que me dé la gana con usted, Romero, y voy a usarla hasta que me suplique que pare –  me dijo al oído, una vez me levanté, en un estado de excitación extremo que conozco bien.

— De rodillas, y abra la boca – me ordenó. Después se sacó la polla y me la metió hasta el fondo de la garganta, sin miramientos y sin dejarme casi ni respirar, cogiéndome por el pelo y manteniéndome con la boca pegada a su pubis, aspirando su olor hasta que me dio una arcada. Luego me tiró del pelo y me separó. Joder, la sensación de que me usaba y de que yo era un simple objeto que solo le servía para procurarse placer me encantó y me abandoné a ella. Tras hacerlo unas cuantas veces, noté como me llenaba la boca de leche sin soltarme, me agarraba del pelo para separarme y después tiraba de mí para que me levantara y me besó, un beso largo, lento y apasionado, tras el que me miró, con esa cara de lujuria que se le queda cuando ha hecho algo que le ha gustado mucho. Me abrazó y estuve pegada a su cuerpo un buen rato, no sé cuánto.

— ¿Estás bien? – me preguntó al oído – mientras me acariciaba
— Mejor que nunca – respondí yo
— Qué larga se me ha hecho la clase – sonrió
— ¿Y Alameda? Pensé que me daba un infarto cuando le he visto…
— Joder, y a mí. Casi le he tenido que empujar fuera – rió – ¿Has aprendido algo de Derecho penal?
— Me han quedado dudas, profesor. Tendré que venir a alguna tutoría más – le dije, sonriendo.
—¿Quiere más tutorías, Romero? – me dijo, besándome después – Joder, cuánto vicio tiene usted, ¿no?
— Puede – le dije, mirándole a los ojos – Pero sobre todo, como usted bien sabe, soy una puta perfeccionista. Y me debe treinta azotes, profesor.

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