Berlín – Capítulo 9

Voy a colgar, no sé si por mucho tiempo, quizá sí, quizá no, el capítulo 9 de lo que será una novela, que ya tiene título, “Berlín”, y que contará la historia completa de Ali/Layla y Fer. Es algo que me está llevando tiempo y se está llevando parte de mí en el proceso. Hay mucho de mí en ellos dos.
Advierto que la secuencia de acontecimientos y lo que sucede no coincide exactamente con los demás relatos de la saga, es decir, es algo independiente.
Como digo, no sé lo que durará colgado, pero me apetece que veáis lo que estoy haciendo y como no, vuestros comentarios ayudarán, por supuesto. 

Capitulo 9 “I Put a Spell On You” (Ali)

…I put a spell on you
Because you’re mine… (*)

Cuando leí el mensaje que me mandó Fer en el que me decía que iría acompañado a la cena sentí algo que no me gustó, algo que ya he sentido muchas veces estando con él y lo odiaba. Inseguridad, celos, una especie de calambre en el estómago y que yo en ese momento no quise reconocer como tal, pero ahora, y analizándolo con frialdad, lo eran. Respiré hondo para calmarme, entre la que me había liado por la tarde con la conversación con David y aquel saludo a mala hostia, llamándome “Señora Márquez” para terminar preguntándome de qué color eran las bragas que me había puesto por la tarde mientras estaba con John estaba muy cabreada con él, obviamente él lo sabía y sabía dónde darme para que doliera. Evidentemente, no podía decirle nada porque viniera acompañado, pero me repateaba, eso era así.

Durante el tiempo que estuvimos juntos sentí lo mismo muchas veces, la primera fue la que más dolió, claro, y de la que más tardé en recuperarme, porque hasta ese momento ni me podía imaginar que algo así me pudiera pasar con él. Nos entendíamos de maravilla en todos los aspectos, teníamos una buena convivencia y muchas cosas en común y especialmente una vida sexual fantástica, quizá la mejor que había tenido hasta el momento. No lo podía entender, la verdad. Sentir esa puñalada pero, sobre todo, la rotura de la confianza fue horrible. Lo que yo me había jurado que no me pasaría nunca me estaba pasando, ahora podía sentir lo que las pobres novias de mis hermanos mayores, y recuerdo que aquella primera vez que me sentí traicionada precisamente fui a hablar con Manu, el que me lleva tres años, para ver si me daba alguna pista de por qué me podía estar pasando aquello.

—A ver, Ali, sé sincera, ¿en la cama bien?
—Manu, te prometo que en la cama no ha habido nadie con quien haya estado mejor.

Mi hermano y yo tenemos cierta confianza con esas cosas y hemos hablado siempre sobre sexo sin tapujos.

—Y tú precisamente no eres una hermanita de la caridad…
—Serás cabrón…
—Será mentira… Es la sangre Romero que tira, hermanita —me dijo, riendo— Pues no lo entiendo, nena —suele llamarme así— los tíos solemos ser infieles cuando nos aburrimos o cuando el sexo falla, y si me dices que no falla, no lo entiendo. Además, que a Fer y a ti se os ve bien, y me parece un tío de puta madre —siempre le cayó bien, todo lo contrario que David, a quien no soporta y ya me dijo bien claro en su momento que le parecía un gilipollas.
—Es que no lo entiendo Manu, de verdad, yo ya había pensado eso, que cuando los tíos sois infieles es por aburrimiento o porque no se es compatible en el sexo, pero te aseguro que en este caso no es así.
—Pues yo qué sé, habrá sido un calentón sin más. Háblalo con él, a ver qué te dice.
—Ya, claro, si te pasara a ti…
—Coño, Ali, te estoy hablando como si me pasara a mí, y me ha pasado, no creas que siempre he sido un cabrón con pintas, que también me han hecho daño, hermanita.
—Esto es una novedad —le dije, levantando las cejas.
—Créeme que sí, y te recomiendo que hables con Fer y lo intentéis arreglar.

Y eso hice, hablé con él y me dijo que me quería, que sentía haberme hecho daño y que había sido un calentón, y aquella vez le creí y le perdoné, pero desde ese momento, cada vez que tenía que irse de viaje por trabajo o tardaba más de la cuenta sentía esa punzada en el estómago y esa maldita inseguridad. Me mataban las dudas. Y no fue la única vez que me engañó, fue la primera de muchas, por lo menos tres que yo supiera, y cada vez me sentía peor. Llegué a intentar hacer la vista gorda, porque le quería y todo lo demás iba bien, pero cuando me mentía sin pestañear y me decía que no había estado con nadie y yo sabía a ciencia cierta que sí me daban ganas de matarle. Seguía sin entender qué le llevaba a hacer aquello, y sobre todo, los motivos que tenía para mentirme.

Claro que cuando se me helaron el alma y la conciencia todos aquellos sentimientos se congelaron también. Y yo me convertí en alguien a quien esas cosas que yo había sentido un día dejaron de importarle y pasé a ser yo quien hacía sufrir y huía como de la peste de cualquier cosa que se pareciera a un sentimiento. Y ahora ahí estaba yo, con la herida abierta y sangrando de nuevo. No podía consentirlo de ninguna manera, así que decidí centrarme en mi misma y en mis cosas, mi trabajo, mi familia, y mis amigos, sin pensar para nada en él y en la relación tóxica que teníamos y de la que no sabíamos salir, ni él ni yo, Decidí que hablaría con él después de aquella cena para poner las cosas claras y zanjarla de una vez por todas, aunque antes tenía que pasar por ese trance y tener a Fer y a David respirando el mismo aire.

Pero esa noche sucedió algo que lo cambió todo.

***

El viernes por la tarde terminé de prepararlo todo para la cena. Había encargado un catering a una empresa que ya había contratado alguna vez, me hubiera gustado cocinar, pero salía demasiado tarde de la universidad y no me hubiera dado tiempo a nada. Así que lo encargué todo y así pude preparar la casa y prepararme yo. Me puse un vestido fucsia hasta la rodilla que se me ajusta al cuerpo, es elegante, pero no demasiado formal con unos zapatos de los que le gustan a Fer, con tacón de aguja, y por dentro un conjunto que también le hubiera gustado, lo hice de manera inconsciente, porque aquella noche nadie me iba a ver la lencería que llevaba. David estaría más atento a otras cosas, y posiblemente estuviera todo el tiempo hablando de trabajo con Carlos, con lo que yo me quedaría dando conversación a su mujer, a Fer y a su misteriosa acompañante, a la que me moría de ganas por ver, lo tengo que reconocer. No tengo ningún problema con eso, he sacado adelante cenas mucho peores que aquella, con más médicos todavía, y todos hablando de sus cosas e ignorando al resto de personas que estábamos en la mesa. Pero tener en la misma habitación a Fer y a David me daba mucha ansiedad. No sé qué se le podría pasar por la cabeza, lo mismo decía algo, o yo qué sé. No tenía ni la más remota idea de qué podría suceder y eso no me gustaba nada, al contrario, me gusta tener el control de las situaciones.

A las 20:30 ya estaba todo preparado y David estaba listo también. Yo estaba escogiendo música, un detalle que para él, por supuesto, no es importante, pero para mí sí, y mucho. La había seleccionado más actual de la que me gusta escuchar a mí habitualmente, un disco de The Weeknd, “Beauty Behind The Madness” (2) y después dejaría que el algoritmo de la aplicación de música escogiera a partir de él.

A las nueve en punto, puntual como el Big Ben, como siempre, llamaron a la puerta y yo sabía que serían Fer y su acompañante. El corazón se me aceleró y fui a abrir la puerta, con las piernas casi temblando, pero respirando para infundirme valor y calma. Respiré hondo antes de abrir la puerta y efectivamente, allí estaban. Él tan guapo como siempre, de negro total, traje negro sin corbata y una camisa negra también, con su maravilloso olor que llegó a mi cerebro de inmediato, los ojos brillando de excitación —conozco muy bien sus expresiones— y su sonrisa me indicaron que daba su aprobación a mi atuendo, me dio un repaso completo, desde los pies hasta la cabeza, sin cortarse nada. Su acompañante venía detrás de él, una chica morena, guapa y también vestida de manera elegante, coincidiendo con sus gustos. Por un momento me dio la sensación de que éramos clones. Estaba segura de que también llevaba el mismo tipo de lencería que yo, incluidas las medias y el liguero. Les saludé.

—Buenas noches, Fer —le dije, adelantándome para saludarle con un beso en la cara. Maldita sea, ¿por qué olía tan bien?
—Buenas noches Ali —me llamó por mi nombre, en lugar de como suele llamarme siempre, y lo eché de menos.
—Tan puntual como siempre —le sonreí— Por favor, pasad y dadme los abrigos.

Pasaron al salón, y llevé sus abrigos y el bolso de Sara a una de las habitaciones. Cuando volví, Fer procedió a hacer las presentaciones.

—Ali, te presento a Sara. Sara, ella es Alicia —le dijo, manteniendo mi nombre completo, pero él sí me llamó por el diminutivo.
—Mucho gusto, Sara, bienvenida —le dije, con una sonrisa de hielo. Me fijé en que no llevaba ninguna joya o adorno, excepto una gargantilla negra con un colgante de plata celta (3) pegada al cuello, parecido a uno que tiene Fer y le he visto puesto a veces. Sí, estaba segura de que era el mismo tipo de colgante —Te presento a David —ella sonrió y le saludó con dos besos. Luego Fer le saludó dándole la mano y fue como si la Antártida saludara a Groenlandia, algo tan frío y distante que fue hasta incómodo. Rompí el hielo —nunca mejor dicho— preguntándole por el vino y él me dio una bolsa con cuatro botellas de Ramón Bilbao. Puse una en la mesa, y le dije a David que la abriera para servir una copa y dejé las otras tres en una mesa auxiliar. Afortunadamente el portero automático salvó la situación rompiendo el silencio y yo fui a abrir a Carlos y a su mujer, que en seguida estuvieron también en el salón de mi casa. Les saludé y les presenté a Fer y a Sara, y les dejé un momento para llevarme sus abrigos, un postre y dos botellas de vino blanco que habían traído. Si nos las hubiéramos bebido todas hubiera sido mejor. Dejé que David hablara con Carlos y Fer en la zona del salón donde está el sofá y yo aproveché para llevarme a las chicas al otro lado. Alabé el vestido de Sara y su buen gusto y ella pareció ruborizarse y también le dije a la mujer de Carlos que su corte de pelo le sentaba muy bien, lo que no era cierto, pero algo me tuve que inventar para salir del paso. Hacía unos meses que no la veía, y además, no es precisamente habladora, así que allí estaba yo, hablando por las tres. Empezamos a hablar sobre moda, a cuenta del vestido de Sara, tan parecido al que llevaba yo, y a sus zapatos, que le habría escogido Fer, estaba completamente segura, y supuse que por eso se habría ruborizado. Ángela, la mujer de Carlos iba con un pantalón y una blusa más corrientes y unos zapatos espantosos y que le quedaban con la ropa como a un santo dos pistolas, nunca ha tenido buen gusto. Serví unas copas del vino blanco que habían traído, fui a la cocina a por los aperitivos y coloqué uno en la mesa donde estaban sentados David, Carlos y Fer. Cuando dejé el plato en la mesa, me incliné un poco y crucé la mirada con Fer, lo que me hizo sentir calor. Luego fui a por el vino e iba a servirles una copa, había puesto las de Carlos y David y cuando iba a ponerle a Fer, me sujetó la mano y noté que me sacudía una corriente eléctrica por todo el cuerpo. Noté que David nos miraba.

—Yo lo prefiero tinto, ru.. esto, Ali, gracias.

Por supuesto, lo hizo a propósito, y volvió a hacerse un silencio tenso, y eso que no terminó de llamarme rubita, como hace siempre. Fui a por la botella de tinto que estaba en la mesa y luego a servirle la copa. Me dió las gracias sonriendo y siguieron su conversación sobre el tema que tenía que llevar como abogado. Tendría que hacer de anfitriona y cortarles o aquello iba a ser muy incómodo, demasiado.

Volví a la mesa donde estaban sentadas Ángela y Sara y levanté mi copa para brindar, me inventé el motivo, para intentar que no hubiera tanta tensión. Cuando terminamos de bebernos la copa fui a decirle a David que me ayudara con la comida, y les dije a todos que se sentaran a la mesa. Allí le dije a Sara que nos hablara sobre su trabajo y ella contó que es enfermera, lo que me hizo maldecirla, ahora ya sí que la velada estaba perdida. Tres médicos —porque Ángela es dermatóloga— y una enfermera en la misma mesa era demasiado.

—Me siento como una intrusa entre vosotros —dije, para quitar hierro a la situación
—Ali, si tú ya eres casi una de nosotros —me dijo Ángela, sonriendo
—Uy no. Ya sabes, a mí déjame mis ceros y mis unos —le dije, sonriendo también
—Más intruso todavía soy yo, ¿no? Todos científicos o ingenieros menos yo —intervino Fer
—Bueno, pero tú estás aquí para ayudar a Carlos —le dije— Por eso te hemos dejado pasar, que lo sepas —sonreí, lanzándole una pulla.
—También soy el abogado de tu marido, no te olvides —me la devolvió, haciendo hincapié en el posesivo.
—Cierto, cierto, tienes razón. Entonces habrá que admitirte, intruso —sonreí
—Menos mal, si me tengo que ir ahora, con el hambre que tengo y lo bien que huele lo que has preparado, te mato —me dijo, ironizando.
—En realidad no lo he preparado yo, no me ha dado tiempo, pero seguro que está muy bueno, ahora me lo decís.
—Una pena, Ali, con lo bien que cocinas…

Quise ahogarle.

—Gracias, pero es que no me daba tiempo, de verdad. Tengo un horario espantoso este año, y los viernes salgo tardísimo. No he podido hacer ni el postre.
—No pasa nada, eso ya lo hemos traído nosotros —dijo Carlos, con tono alegre
—¡Menos mal! —dije yo, bromeando y destensando.

David tenía una cara de pocos amigos que ya casi no podía disimular, y yo ya no sabía qué hacer. Seguimos cenando, menos mal que Ángela se puso a hablar con Sara sobre trabajo y al menos alguien estaba más o menos cómodo. Me dieron ganas de ponerme a hablar con Carlos y que ellos dos se retaran en duelo, qué situación más incómoda fue. Y eso hice, le pregunté a Carlos por su padre, quien había estado ingresado, mientras David y Fer comían en silencio. Mientras me hablaba yo puse toda la atención del mundo, como si me fuera la vida en ello. Terminamos de comer y fui a por el postre, momento en que Fer aprovechó para ir al baño, me preguntó dónde estaba y se lo indiqué.

—Al fondo del pasillo, de frente

Coincidimos un momento en el pasillo, un segundo, en el que aprovechó para susurrarme

—Me encanta lo que te has puesto, has acertado, rubita. Seguro que lo de dentro también me gustaría, una pena que ese ser con el que te has casado no lo vaya a apreciar…—y luego sonrió.
—Qué sabrás tú, joder —le respondí yo en otro susurro, y me metí en la cocina a por el postre, justo a tiempo, porque David fue a ayudarme y no nos vio por muy poco.
—Luego hablamos —me dijo, evidentemente molesto
—Vale —le dije, dándole un beso —aunque luego te había preparado una sorpresa —le dije, poniéndole la mano en mi pierna, para que rozara la tira del liguero— a pesar de que, como siempre ha dicho Fer, es un poco ameba y esas cosas le resultan bastante indiferentes, pareció reaccionar bien, y sonrió, también se había tomado un par de copas de vino. Le besé en los labios y le sonreí, justo en el momento en que Fer volvía del baño y nos veía, sin poder disimular la cara de asco. Punto para mí.

Nos sentamos un rato en el sofá, mientras ellos trataban el tema de Carlos, nosotras seguimos hablando y seguía sonando música, ahora la versión que hizo Annie Lennox del “I Put a Spell On You” , y Sara dijo que le gustaba mucho.

—Me encanta, sale en la banda sonora de “Cincuenta sombras de Grey”, ¿verdad? —cruzó la mirada con Fer y me pareció que sonreían con complicidad.
—Sí, así es —dije yo— es una banda sonora muy bien escogida, la verdad
—¿”Cincuenta sombras”? ¿Esa peli que va sobre sado? —preguntó Ángela
—Sí, está basada en una novela, creo —dije yo
—En una trilogía —apuntó Sara— y la verdad, no es nada del otro mundo.
—¿En qué sentido? —le pregunté yo
—Bueno —me respondió con un brillo en la mirada —creo que es una visión demasiado romántica, muy pastel, de algo que seguramente se vive de otra forma.
—Yo leí los libros —apuntó Ángela— y a mí me pusieron bastante, qué quieres que te diga —otra que ya llevaba un par de vinos de más. Esto se iba a poner interesante.
—Pues yo no tengo ni idea, sé que van sobre fantasías sadomasoquistas, pero ni he leído los libros ni he visto la película, solo he escuchado la banda sonora y me parece buenísima —dije, intrigada por las palabras de Sara.
—Quizá deberías leerlos, a ver qué te parecen —me dijo Sara
—No tengo tiempo casi ni de peinarme, como para leerme eso —le dije yo, y ella sonrió de una manera que me resultó extraña. Quizá tendría que buscar los dichosos libros…
—Me está picando la curiosidad, ¿eh? —cuando dije esto noté que Fer me miraba de reojo, mientras seguía escuchando a Carlos y a David, sin decir nada, pero tomando nota de lo que decía.

Al rato Ángela y Carlos dijeron que se iban a casa y Fer dijo que ellos harían lo propio poco después. Se despidieron y Carlos le dijo que le llamaría la semana siguiente para ir a verle a su despacho, y mientras Ángela se despidió de nosotras y de David. Yo aproveché para ir un momento al baño, porque no aguantaba más, y cuando volvía al salón, pasé al lado de la habitación donde estaban los abrigos y vi algo que me impactó: a Sara de rodillas, con la chaqueta de Fer en las manos, ofreciéndosela, y rápidamente se levantaba para ponérsela y colocarle bien el cuello, mientras él se dejaba hacer.

—Listo, Señor — se aseguró de que quedara perfecto.
—Muy bien, perrita —le dijo, mientras le daba un beso en los labios y le sonreía.

Me quedé atónita. Regresé al salón, mientras seguía sonando la banda sonora de la película y ellos volvían sonrientes y felices. Acababa de ver como una mujer se arrodillaba y llamaba “señor” al que durante más de tres años fue mi pareja y creía conocer a la perfección. Me resultó chocante, pero en mi cabeza, de pronto, las piezas del rompecabezas empezaron a moverse, como si hubiera encontrado esa que que encaja de manera perfecta y facilita que puedas seguir haciendo el resto. Sin ella estás atascado, pero cuando la encuentras todo va cuadrando.

Todo empezó a tener sentido a partir de ese momento.

____________

(1) “Te lancé un hechizo/Porque eres mía”. “I Put a Spell On You” (Te lancé un hechizo). Tema clásico de soul/blues, compuesto en 1956 por Jalacy “Screamin ‘Jay” Hawkins e interpretado por numerosos artistas desde entonces, entre otros, Nina Simone, la Creeedence Creewater Revival y Annie Lennox. Esta última versión se incluyó como tercer corte de su disco “Nostalgia” de 2014 y posteriormente en la BSO de la película “Cincuenta Sombras de Grey” de 2015.

(2) “Beauty Behind The Madness”, segundo álbum de The Weeknd, de 2015.

(3) Un triskel celta

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