Para mí (II)

Mi mañana de trabajo estaba siendo muy aburrida, tenía sueño y ganas de mandar a la mierda a mi jefe, cosa que evidentemente no podía hacer, o al menos no de una forma tan gráfica. Minimicé la pantalla e hice un descanso, que aproveché para abrir Telegram y escribirle.

—Alégrame la mañana. Estoy aburrida y deseando terminar de currar.

A los pocos segundos me llegó su respuesta.

—Cada vez que me acuerdo de lo del otro día me aprieta la polla en los pantalones…

Sonreí y le respondí.

—Eres único, lo has conseguido. A mí también me gustó mucho mi secuestro.
—Pensaba en el bofetón que me diste casi cuando te ibas. No puedo dejar de pensar en lo que vendría después.

El cambio de registro me hizo meterme de inmediato en el rol dominante. Con él no me cuesta hacerlo, aunque, eso sí, debe ser en días distintos y, al no tener una relación continuada no me sucede lo que con otras personas, a las que solo puedo ver con el rol que me inspiran. Además somos bastante parecidos, por lo que me sale, no sé.

—Seguramente alguno más. Ya lo sabes.
—Sé cómo hacer que pierdas la paciencia.
—Maldito manipulador… A los sumisos que me entran pidiendo cosas suelo mandarles a la mierda, ¿sabes?
—Pero yo te manipulo muy bien, ¿verdad?
—No, porque si lo hicieras bien no me daría cuenta. Pero me hace gracia y me dejo. ¿Así que quieres hacer méritos para ganarte un bofetón?
—Tampoco hace falta que haga muchos, tienes la mano muy larga, pero me gusta.
—Tengo la mano larga porque eres un tocapelotas. Además, es por tu bien, así cuando vayas con dóminas de las de la vieja escuela estarás muy bien enseñado…
—No sé si me gustan las dóminas de la vieja escuela, ¿eh?
—Conozco a un par de ellas. Puedo quedar con alguna y divertirme viendo cómo te usan y abusan de ti.
—Uhm. Me gusta la idea.
—Ya me imagino. Y será, pero otro día. De momento me vas a acompañar el domingo que viene a una comida que ha organizado una amiga en su casa, con más sumisos y otras dóminas. Es informal, pero tú me vas a servir y a atender, y más vale que lo hagas bien. Te mando la dirección.
—Así que me quieres llevar como sumiso…

Nuestra dinámica no es de dominación/sumisión convencional. Lo que nos gusta mucho a ambos es “robarnos” el poder el uno al otro, arrebatarlo. U ofrecerlo, como en este caso. A mí me gusta hacer que sude para dominarme y también me gusta sentir su rebeldía para que se me acabe entregando una vez bajadas sus “defensas”, sentir cómo me gano su sumisión.

—Te llevaré como sirviente y asistente personal.
—¿Vestido de chacha?
—¿Desde cuándo me gusta que vayas vestido de chacha?
—Que es solo por tocarte las narices un poco, Ama…
—Si fuera tu ama te ibas a enterar. Te tendría tres meses seguidos en castidad —le dije, ironizando. No es mi estilo y lo sabe.
—No lo aguantarías, me pedirías que te follara…
—Follar y correrse son cosas distintas, cerdo.
—Cierto…
—Qué gran idea. Vas a reservarte hasta el día de la comida. Eso es casi una semana sin correrte —era lunes.
—¿Sin tocarme?
—¿Ves? Si estuviera ahí te habrías ganado un bofetón. ¿Qué he escrito?
—Una semana sin correrme.
—Exacto, una semana sin correrte, no sin tocarte. Te tocarás cuando yo te diga, y te tendré bien estimulado, para que estés entretenido y llegues al domingo con ganas.
—Cómo te gusta hacerme eso, puta sádica. Después me duelen los huevos…
—Ahora no me vengas con remilgos. Te gusta tanto como a mí. Y no me hables de tus huevos doloridos, o harás que me den más ganas de putearte de todas las formas que se me ocurran.
—Hazlo… —provocó
—Debería, ¿verdad?
—No sé, tu verás si te conviene…
—¿Eso es una amenaza? Estoy temblando —escribí, sonriendo. Me encanta este tira y afloja, y sé que a él también.
—Merezco que me putees, hice muchos méritos para ello.
—Sigue currando. Bueno antes vas a ir al baño, y te masturbarás hasta quedarte a punto de correrte. Lo harás a todas las horas en punto y después me darás las gracias, por permitirte que te toques. Si no puedes por lo que sea, me avisas.
—Muy bien, así lo haré.
—Son casi las 11:00. No te digo nada y te lo digo todo. Te espera un gran día.

Sonreí y seguí trabajando. El resto de la jornada sucedió entre más sonrisas. Entre las tres y las cuatro no pudo cumplir la orden, porque tenía una reunión y me avisó. Le liberé durante esas horas, pero le dije que lo retomara a las cinco, hasta las once, y que a la mañana siguiente empezara nada más despertarse. Sabía que esto le iba a costar, porque le gusta masturbarse justo a esa hora. Por la noche hablamos por teléfono sobre cómo se había sentido y lo que había pensado.

—¿Qué tal has pasado el día? —le pregunté
—Acordándome de ti, que supongo es lo que pretendías, ¿no?
—¿Y lo he conseguido?
—Lo has conseguido…
—Sé que ahora mismo no tienes muchas ganas de correrte, porque estás cansado, pero mañana por la mañana sí que te vas a acordar de mí.
—Hija de puta…
—¿Quieres escuchar cómo me corro yo?
—¿Puedo negarme?
—Te estoy preguntando. Será que te estoy dando a elegir, ¿no?
—Preferiría no hacerlo, si tengo que seguir sin poder correrme.
—Por supuesto. No puedes, pero si pudieras ¿te gustaría escucharme?
—Pero no puedo así que…
—No me agotes la paciencia…
—¡Claro que me gustaría! —dijo, y en su tono de voz noté cierta impaciencia.
—Me gusta tenerte así —le dije— ¿Y a ti te gusta? —obligarle a que me diga que le gusta sentirse dominado me gusta mucho.
—Sabes que sí…
—Debo de ser adivina… ¿Cómo voy a saberlo, si no me lo dices tú?
—Me gusta mucho. Y lo que pretendes hacerme también, aunque me estés puteando tanto…

Sonreí y me apoyé en la almohada.

—Ahora el adivino eres tú, ¿no? ¿Tienes una bola de cristal, o puedes leer mi mente?
—Casi. Te voy conociendo bien, aparte de que nos parecemos mucho. Demasiado…
—Eso es verdad. Me lo pones difícil y me gusta. ¿Y qué crees que pienso hacerte?
—Tenerme desesperado hasta el domingo, por lo menos.
—No vas mal encaminado. Ahora vamos a ir a dormir, y espero que te portes bien. Bueno, estoy segura de que lo harás.

Nos despedimos y nos fuimos a dormir. Los días siguientes continué el tira y afloja, y cada día iba introduciendo cada vez más estímulos. Le contaba cosas que sabía de sobra que le vuelven loco, le ordené que se estimulara el culo —le encanta— y le tuve cerca del límite varias veces. La noche del viernes me contó que había quedado para salir con algunos de sus compañeros de trabajo a las nueve. Y le di una vuelta de tuerca más al juego. A las siete estaba en el coche, frente a su casa.

—¿Qué te vas a poner? —le pregunté
—Camiseta y vaqueros, supongo…
—¿Me la enseñas?
—¿Cómo?
—Que me abras la puerta…
—No puede ser que…
—¿Qué? —le provoqué
—Que seas así de hija de puta…
—Dímelo mirándome a los ojos —sonreí
—Ni lo dudes, te lo pienso decir…
—Pero ábreme el telefonillo, no seas maleducado.

Abrió el portero automático y subí a su casa. Su mirada cuando me abrió la puerta me hizo sonreír. Directamente, le besé, despacio, haciendo que me sintiera bien, hasta que escuché que resoplaba.

—Venga, dilo ahora… —le provoqué
—Hija de puta —me lo dijo sin dudar y mirándome a la cara.

Le dí una bofetada.

—Eso no se dice, malhablado.
—Pues vas a hincharte a darme de hostias, porque me tienes bastante alterado…
—Contrólate y compórtate. He venido a que me satisfagas, que también he quedado y quiero ir relajada, así que en lugar de hacerme una paja en casa, he preferido venir a que me relajes tú, que para eso vales. Desnúdate y siéntate en el sofá.

Me obedeció. Se quitó la camiseta y los pantalones que llevaba puestos y se sentó en el sofá. Tenía la polla apuntando al techo. Sonreí y le empujé, haciendo que se quedara recostado.

—Me apetece mucho comerte la polla ahora —le dije
—Joder…
—¿Eso es que a ti también?
—No sé si voy a poder aguantar…
—Si no puedes, todo empezará de nuevo y estarás una semana más. Solo te quedan dos días, piénsalo…
—Ahora no puedo pensar, joder…
—Ya, ahora estás pensando con la polla, y eso nunca es una buena idea…
—¿Lo vas a hacer de verdad?
—¿Tú qué crees?
—Que eres muy capaz…
—Pero las dóminas no comen pollas, ¿verdad?
—¿Y tú desde cuándo eres una dómina al uso?
—Qué impertinente te pones cuando estás cachondo…
—¿Y si te pido por favor que no lo hagas?

Me reí

—¿Por favor? ¿Crees que eso me vale? Solo ver cómo me estás mirando me está divirtiendo tanto que no, no es suficiente —le dije, mirándole, y acariciándole la pierna hasta acercarme a la polla, sin tocarla aún— Dime que no lo haga, venga, con esa cara de vicio que tienes. A ver si eres capaz…

Le escuché suspirar.

—No lo hagas, por favor, que quiero aguantar hasta el domingo, y quiero hacerlo por ti. Y si lo haces, no sé si voy a poder…
—Bien, quieres hacerlo por mí. Si eso es verdad, serás fuerte y lo conseguirás.
—No es cosa de debilidad mental, en este caso…
—Vale, pues no te comeré la polla. Pero te voy a follar. Elige si quieres que me monte sobre ti o prefieres que te folle el culo yo…
—Joder, por favor…

Le di dos bofetadas

—Me estás cabreando, ¿eh? ¡Que elijas!
—Ponte sobre mí y fóllame.
—Trae el strap.
—Pero…
—Has escogido la opción menos mala, pero te conozco. Trae el strap preparado y pónmelo. Cuando te sientes esta noche te vas a acordar mucho de mí.
—No podría olvidarme de ti, hija de puta…
—Cállate y no seas maleducado, ¿eh? Vamos…

Trajo el arnés preparado, colocado y lubricado y me ayudó a ajustármelo.

—No seas cabrona, por favor ¿Quieres escuchar cómo te suplico?
—Ya sabes que eso me encanta. Pero hoy lo que quiero es verte la cara. Apóyate sobre la mesa y mira al espejo —tiene un espejo grande en una pared del salón, y yo también he estado en la misma postura, por eso sé que es bastante humillante.
—Por favor…
—¿Por favor qué, cerdo?
—Por favor… quiero aguantar hasta el domingo.
—Pues concéntrate en no correrte. La mente es poderosa…

Había traído un tubo con lubricante. Me eché un poco en la mano y la acerqué a la entrada de su culo. Metí un dedo con cuidado, luego otro y los dejé quietos hasta que noté que iba dilatándose. Me dieron ganas de penetrarle de un golpe, me gusta escuchar cómo se queja, pero ese día no quería darle la oportunidad de que se refugiara en el dolor. Quería llevarle al límite de verdad.

—Voy a abrirte el culo ¿Y sabes por qué voy a hacerlo? Porque quiero y puedo, porque puedo, ¿verdad?
—Sí… —susurró
—No te oigo…
—Puedes, porque ahora mismo soy tuyo.
—¿Ahora mismo? ¿Y esta noche? ¿Y mañana? —hice un poco de presión y empecé a penetrarle con el dildo, despacio, pero sin parar.
—Sí, joder… Lo soy, soy tuyo, puedes hacer lo que quieras conmigo.
—¿Porque estás tan cachondo que no puedes ni pensar? —terminé de penetrarle y empecé a moverme, despacio.
—No solo por eso… —se agarró a la mesa y vi cómo hacía un verdadero esfuerzo
—¿No? ¿Por qué, cuéntame?
—Porque me siento tuyo. Me tienes bien cogido el punto…
—Lo sé. Eres un guarro, te puede el vicio, tendrías que verte la cara que tienes. Bueno, qué coño, sí puedes vértela, así que mírate. Me encantaría que pudieran verte ahora mismo esos colegas del curro con los que vas a salir dentro de un rato. Voy a moverme más rápido, justo como te gusta que lo haga, ¿vas a aguantar?
—No creo que pueda…
—Si no puedes, tendrás que limpiar tu corrida. Y estarás otra semana sin poder correrte, y no pienso ser menos imaginativa. Piénsatelo bien… —le follé a un ritmo medio, sin llegar a darle rápido. Me salí de él, le cogí del pelo e hice que se diera la vuelta despacio. Le abracé un momento y le besé despacio, saboreándole.

—Bien, lo has hecho muy bien. Ahora harás que me corra por lo menos dos veces. Y luego quiero que te duches, te vistas y te pongas guapo. Y cuando llegues a donde habéis quedado, me darás las gracias, porque en el fondo sabes que no he sido todo lo mala que podría, ¿verdad?
—Joder que no…
—Estoy a tiempo de serlo aún, así que no me toques la moral…
—Sí, mi señora cabrona. No lo seas, por favor, que lo estoy pasando fatal y me duele mucho…
—¿Para qué me dices eso? ¿Me quieres provocar?
—Bueno, tengo que hacer que mi señora cabrona se corra dos veces, y mi señora cabrona es una sádica que se lo pasa bien cuando le digo que las cosas me duelen… Tiene sentido, ¿no?
—Visto así… Venga, aplícate y dame placer. Para eso he venido.

Cumplió la orden a la perfección. Hizo que llegara al orgasmo dos veces, a mí me estaba excitando mucho toda la situación y su actitud. Sentir que le tengo rendido y entregado, que le he vencido, me encanta.

—Pásalo muy bien. Ah, antes de irte quiero que te ates la polla con lo que tengas, cuerdas, una cinta, una goma… Lo que sea, pero quiero que vayas toda la noche así. Y que apriete un poco, ya sabes. Soy una sádica cabrona, me gusta que te duelan las cosas —sonreí.
—Eres lo peor —me dio un beso en los labios— Lo haré, y te iré informando.
—Así me gusta.

Yo había quedado para cenar con unos amigos, y cuando estábamos en el postre recibí un mensaje suyo.

—Una goma de esas finitas. Es lo que tenía y es lo que me he puesto. Y te encantará saber que se me está clavando, y que cada vez que lo hace me acuerdo de ti, mi señora cabrona.
—Qué bien me conoces —le dije, añadiendo un emoticono con una sonrisa— Déjatela puesta una hora más. Después te la puedes quitar, y cuando llegues a casa, te la vuelves a poner, menos apretada, y duermes con ella.
—¿Una hora? Uf, se me clava mucho…
—Una hora, sí. Salvo que veas que no lo aguantas. Si es así, me lo dices. Pero si solo te duele… diciéndomelo solo consigues que me moje más —puse otra sonrisa.
—Me alegra que te guste…
—Te estás esforzando y me gusta, sí.
—Eso intento, mi señora cabrona, estar a la altura de tus sádicos deseos.
—Menos cachondeo…
—Joder, encima…

Me escribió cuando estaba a punto de cumplirse la hora para decirme que no podía más y le di permiso para quitarse la goma. Le pedí una foto de la marca que había dejado y me la mandó. Tenía la polla bien marcada, enrojecida y un poco hinchada. Mi intención, además del puro y simple placer por su dolor, era que si se le ponía dura le doliera más. Al día siguiente, cuando se despertó, me suplicó que le dejara correrse.

—Pídeme lo que quieras, hazme lo que sea, pero por favor, deja que me corra, que no puedo más.
—Vamos por partes… No te lo voy a pedir, te lo voy a ordenar y te haré lo que me dé la gana porque tú mismo me dijiste que te sientes mío, y en cuanto a lo otro… ¿qué me das a cambio? Venga, a ver qué tal negocias…

Una hora y algo más tarde estaba llamando al timbre para que le abriera. Me hizo el desayuno y me lo trajo a la cama. Después preparó la ducha, enjabonando bien cada rincón de mi cuerpo, secó con cuidado e hidrató toda mi piel, masajeando bien. Cuando terminó empezó a lamerme, empezando por el cuello y siguiendo por las tetas. Estuvo un buen rato con ellas, recreándose, porque sabe que me encanta que me las coma. Hizo que me corriera tres veces, y cuando terminó me miró y volvió a suplicarme.

—Espero que todo haya estado a tu gusto… ¿Puedo, por favor? —aún llevaba puesta la goma, más floja, como le había ordenado que se la dejara puesta para dormir.

Le miré y sonreí.

—Dame una buena razón para que lo haga, cerdo.
—Solo que lo hagas si piensas que me lo merezco…
—Te lo mereces, te has portado muy bien toda la semana, y esto que has hecho hoy me ha encantado. Pero me gusta tanto putearte que tengo dudas…
—Luego me puedes putear más…
—O sea, ¿me cambias una corrida por más puteo? Qué barato te vendes, ¿no?
—Sí, ahora mismo la verdad es que sí…
—Vamos, que si te propusiera prostituirte en un bar gay ahora mismo, me dirías que sí, ¿verdad?
—Hija de puta…

Le di una bofetada para volver a ponerle en su sitio.

—Que ibas muy bien, no te pongas impertinente…
—Perdón, son los nervios —dijo, con la cara enrojecida
—Vale, voy a dejar que te corras. Sabes cómo quiero que lo hagas, ¿verdad?
—De rodillas, dejando caer mi corrida sobre tus pies y limpiándolos después.
—Exactamente, perro. Y dándome las gracias…
—Sí, por supuesto.
—Empieza —le dije, sentándome en un sillón, mientras él se colocaba de rodillas delante de mí y me ponía los pies juntos en el suelo —Espera un momento, que me apetece darte un par de patadas. No tendrás problema, ¿verdad?
—Despacio, por favor…
—¿Me lo vas a dar? —le pregunté. Me refería a su dolor.
—Sí…
—¿Y confías en mí?
—Confío, aunque a veces me arrepienta.
—No te pongas dramático…
—Hazme lo que quieras.
—Manos detrás de la espalda, y mírame a los ojos ¿De quién eres? —le di una patada no muy fuerte en los huevos, siendo cuidadosa, y aún así gritó de dolor.
—¡Joder! Tuyo, soy tuyo…
—¿Y esto de aquí también es mío? —volví a darle, esta vez algo más fuerte. Se encogió y volvió a gritar.
—Todo es tuyo…
—Muy bien, pues dame lo que es mío, vamos… — le cogí la polla con los dedos de los pies y le masturbé despacio. Le encanta que le haga eso. Cuando los quité, él se la cogió con la mano y empezó a moverla, cada vez más deprisa, hasta que eyaculó sobre mis pies. Los lamió hasta limpiarlos por completo y me dio las gracias por permitirle hacerlo. Luego se abrazó a mis piernas. Tras un rato en esa postura, le di la mano para ayudar a que se levantara y le llevé conmigo a la cama. Seguí abrazándole.

—¿Ha sido tan terrible? —le acaricié el pelo
—Gracias… —susurró, sin soltarme. Este momento es mágico, y es por el que todo tiene sentido.
—Para mí es un placer.

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