“En el BDSM no se folla”, el mito y la realidad. El sexo y el BDSM.

Vuelvo con uno de esos temas calentitos que tanto os gustan. Sí, sí, porque no me negareis que os va la marcha, casi tanto como a mí… Bueno, el caso. Hoy voy a hablar del sexo en el BDSM. El tema coincide con el de la tertulia del viernes 17 de diciembre de Las Velas Negras, eventos muy recomendables los que organiza esta gente, no dejéis de acudir si estáis por Madrid y os es posible. [Nota: el evento fue pospuesto. Cuando la reprogramaron, fui con los deberes hechos, ¡yuhu! 😬]

El mito: los ‘bedesemeros’ no follan

Casi lo primero que me dijeron cuando empecé a introducirme en la escena pública BDSM hace ya algunos años es que “en el BDSM no se folla”, frase lapidaria donde las haya. Y yo, que andaba aún insegura y sin tener ni pajolera idea de casi nada me quedé a cuadros escoceses. ¿Cómo que no? ¿Pero cómo no se va a follar, con lo que a mí me excita todo esto? ¿Qué invento es este? ‘Emosido’ engañados…

¿En el BDSM no se folla? ‘Emosido‘ engañados…

Ciertamente, las personas a las que acudí en mis primeros acercamientos al BDSM para informarme y preguntarles dudas tenían un aura misteriosa y oscura, y decían –con cara de “yo sé cosas que tú no sabes, pequeña”‒ que «el BDSM es mucho más«. Y yo siempre me preguntaba lo mismo: vale, sí, pero mucho más que… ¿qué?

¿Qué es «follar»? ¿A qué nos referimos cuando decimos esta palabra?

Risitas y cuchicheos. Joder, seisCuerdas, ¿a qué nos vamos a referir? Pues a follar, lo que viene siendo… ¿Lo que viene siendo qué? Profundicemos un poco en ello. Todo viene de un error antiguo y arraigado, que consiste en identificar automáticamente y de manera inequívoca el concepto «sexo» (o «follar») con introducir o que se introduzca un pene en algún sitio. Ya sabéis: el sexo oral son solo «preliminares», o los besos, o las caricias, o masturbar… Vaya, que si no ha habido penetración no ‘se ha follado‘, aunque se hayan tenido diez orgasmos. Qué cosa tan incoherente y tan absurda… Evidentemente tiene una base reproductiva, una lacra que aún nos estamos quitando de encima: todo lo que no sea meter un pene en una vagina se ha considerado malo, sucio o inadecuado a lo largo de los siglos y la historia, pero aún así la gente ha hecho siempre lo que le ha dado la gana, aunque estuviera mal visto o se considerara pecado. Y a pesar de que hoy en día hemos avanzado un montón, solo hay que pensar en otros países o sociedades para darse cuenta que la base reproductiva –y preferiblemente dentro de una institución normalizada y reglada como el matrimonio– sigue influyendo en la forma de sentir el sexo, de manera más liberal o sujeta a determinadas ideas influenciadas por doctrinas religiosas. Y no me extiendo más, que tiro de teoría antropológica y me vengo arriba.

Empecemos a pelar esta alcachofa hoja por hoja, para entenderlo todo bien. Ya hemos hablado unas cuantas veces en este blog de que BDSM son las siglas de: Bondage Dominación/Disciplina Sumisión/Sadismo y Masoquismo. Supuestamente engloba lo que está incluido bajo el paraguas de esas siglas, por lo que las prácticas sexuales convencionales por sí solas no lo estarían, pero si se les añaden las siglas, la cosa cambia. Ya lo hablamos en la entrada sobre la K del BDSM, ¿os acordáis?

Como a mí me gusta poner ejemplos muy gráficos, lo vais a ver claro rápidamente: si A le dice a B “cómeme la polla” [ay, perdón, que me pierdo] «hazme sexo oral» no sería BDSM, pero si B le ha cedido a A el poder para que le ordene cosas y A le dice a B “cómeme la p…” esto… “hazme sexo oral” sí que sería BDSM, porque tendría el componente de la dominación. Mejor así, ¿verdad? ¿Más claro?

Venga, otro ejemplo más, esta vez con mis personajes Fer y Ali/Layla. En el contexto de la relación de Dominación/sumisión, y donde tienen pactado que el sexo entra dentro de los aspectos que se pueden controlar, el dominante (Fer) le ordena Ali que haga algo claramente sexual. Veámoslo en este fragmento de «Don’t Call It Love«:

(…) —Baja, y entra en ese bar, en el baño, que te voy a follar —me dijo
—¿Cómo? —le dije, sorprendida
—Lo que has oído, vamos. Ve y espérame ahí, que ahora voy.
—¿Y no podemos ir a tu casa mejor?
—¿Tengo cara de poder esperar a llegar a mi casa? Y además, no íbamos ahí. Ve, y no discutas, coño —cada vez me ponía peor con sus palabras
(…)

Es decir, que el sexo puede tener un componente claramente ‘bedesemero‘ en cuanto le metamos alguna de las siglas que lo componen. En especial la D de dominación y la s de sumisión, porque de ellas procede buena parte del deseo que se siente en esos casos, de tomar o ceder el control de los actos. Y no es más especial que el sexo ‘vainilla‘–aunque la gente a la que nos gusta el BDSM digamos que sí– sino sencillamente distinto.

Bueno, pues entonces el BDSM sí es sexo, ¿no?

En mi opinión sí que lo es, desde el momento en que es una forma de sentir excitación y deseo, aunque con estímulos diferentes a los del sexo convencional. Va más allá de la mera estimulación de los órganos sexuales, hacer sexo oral o el coito (introducir un pene en una vagina, o en el ano de alguien). ¡Ajá! A esto se referían mis misteriosos iniciadores cuando me decían lo de que «es mucho más» ¡y cuánta razón tenían, coño!, aunque no supieran –o no quisieran– explicármelo y les molara mucho hacerse los interesantes. Los estímulos y la excitación tienen su origen en más fuentes que la estimulación directa de los órganos sexuales, proceden de tomar las riendas y «mandar» o que te manden, de dejarse llevar y ceder el control y de provocar dolor a alguien o lo contrario, recibirlo. Pero lo que es innegable es que practicar BDSM provoca excitación sexual. Aunque no haya una estimulación directa de los órganos sexuales, sí que se estimula el más poderoso: el cerebro. Y de ahí a sentir excitación sexual física hay nada. ¿Qué resulta más excitante, tener un orgasmo o que alguien te ordene tenerlo? ¿Que no te permitan tener un orgasmo ‒estando tú de acuerdo, claro‒ y dejando a la otra persona el poder de decidir cuándo lo tendrás (o si lo tendrás)? Ojo, que no a todo el mundo le tiene por qué resultar excitante esto, aunque suene guay, y por eso hay personas ‘vainilla‘ y personas que no lo son. Hay quien no se siente cómod@ con este tipo de estímulos, por las razones que sea, y está bien. Que te guste el BDSM no te hace más especial que otr@s ni te libra de madrugar los lunes –ojalá xD– pero también es más complicado renunciar a él y más complejo encontrar una pareja compatible. Porque si a tu pareja no le gusta el BDSM y a ti sí, siempre te faltará «algo». Y no, no vale con que te «den el gusto» o prueben por complacerte o por amor, que se agradece la intención… pero no. Si te estimula más controlar o que te controlen lo que haces que el mero hecho de realizar prácticas sexuales convencionales –lo que hemos enumerado antes: coito, sexo oral, sexo anal, y todas las prácticas kink que se te ocurran– te resultará complicado excitarte si no tienes el componente de las siglas BDSM que para ti resulta necesario. E igual que he dicho antes que no pasa nada por ser ‘vainilla‘ tampoco es malo ni anormal que te guste el BDSM, siempre y cuando lo hagas con el necesario consenso y consentimiento de las partes implicadas. Vaya, que está mal (muy mal) obligar a la gente a hacerlo, tanto si eres la parte ‘top’ o dominante como la ‘bottom’ o sumisa. Forzar a alguien a tener una sesión de ‘spank’ está igual de mal que ponerle una pala en la mano a una persona y poco menos que obligarle a que la use si no lo desea.

Me he puesto muy seria y sesuda en el apartado anterior, pero era necesario. Ahora voy a hablar de eso que hemos hablado al principio, de por qué algunas personas ven mal o poco adecuado que se incluyan prácticas sexuales dentro de una sesión BDSM, esto es, el famoso «en el BDSM no se folla«.

¿Y por qué “no se folla en el BDSM”? ¿De dónde viene el mito?

Una de las razones que se suelen alegar es «la pureza» del BDSM, o sea, que solo es lícito hacer prácticas que incluyan las cuatro siglas del BDSM, sin ninguna sexual, ni siquiera con componentes ‘bedesemeros’. Tontunas. Si el BDSM es puro, yo soy la virgen de Fátima. Lo que ocurre es que normalmente no se suelen hacer prácticas sexuales convencionales en público, en locales y fiestas, por la timidez o poco exhibicionismo de las personas que acuden, más que porque se ‘pueda‘ o ‘no se pueda hacer’. No pasa nada si no apetece, pero deja vivir a quien sí le apetezca hacerlo y no juzgues. Otro motivo es que las dóminas profesionales no suelen hacer prácticas sexuales convencionales con sus clientes, normalmente para evitar ser consideradas trabajadoras sexuales y librarse del estigma de la profesión más antigua del mundo, y no pocos hombres se acercan al BDSM por primera vez a través de ellas. Puede que esto tenga que ver con la manida imagen de las dóminas como diosas frías, asexuales e intocables, con cara de mala hostia y actitud altiva e insoportable cuyo único interés es que el sumiso ni se excite ni se corra, y para eso se encargan de ponerles jaulas de castidad en el pene y controlar y anular su deseo sexual. Con este panorama, a ver quién es la guapa –o el guapo– que se atreve a dar un paso y decir que a ellos sí que les gusta hacer prácticas sexuales y no ser considerados como unos ‘guarrucios’ de tres al cuarto. Bueno, también os digo que esto era más hace algunos años, aunque algo queda. Por suerte, y como decía Dylan, The Times They Are a-Changin’, gracias a Zeus los tiempos han cambiado y siguen cambiando 😉

Las prácticas sexuales en las sesiones BDSM

Es muy fácil que abusen de nosotros o nosotras si no tenemos la suficiente experiencia, incluso que nos casquen un «el BDSM es así» como pasaporte para que nos hagan cualquier cosa y nos dejen con las patas colgando y dudando de si tendrán o no razón porque, al fin y al cabo, la otra persona tiene más experiencia, ¿qué vamos a saber nosotr@s? Pues no, no la tienen. Recuerda que hay que hablar mucho –y bien– sobre lo que vas a hacer en una sesión ANTES de tenerla (no durante, ni deprisa y corriendo) y en especial has de hablar sobre las prácticas sexuales convencionales, si se van a hacer o no y de qué manera. Aquí hay que incidir en algo muy importante: la protección de la salud sexual y la prevención de las ITS. Que nadie te diga lo de que «eres mía y quiero usarte sin barreras ni condones«, porque eso suena estupendo en relatos y videos porno, pero en la realidad te puede buscar la ruina. Hablar bien de todo te evitará muchos malos entendidos y disgustos. Por cierto, aquí aprovecho para recomendar la estupenda lista de prácticas BDSM confeccionada por Las Velas Negras, larga y muy exhaustiva, pero muy útil a la hora de conocer a alguien nuevo, o conocerse a un@ mism@. Os recomiendo que le echéis un vistazo e incluso que la rellenéis. Así os adelantáis y vais preparad@s.

Qué hay que tener en cuenta a la hora de ‘juntar‘ sexo con BDSM

Si decidimos no hacer caso a estas gilipoll… esto, a las cosas de las que hemos hablado un par de párrafos más arriba y queremos tener sexo convencional en nuestras sesiones, ¿qué tenemos que tener en cuenta? Varios factores. El primero de ellos, y tal vez el más importante: la persona con la que vamos a practicar BDSM, la relación que tengamos entre nosotr@s, las que podamos tener con otras personas y los acuerdos a los que lleguemos. No es lo mismo que esa persona sea nuestra pareja a que sea un compañero o compañera de juegos, como no es lo mismo tener una relación monógama cerrada a que sea abierta o poliamorosa. Otra cosa importante es el lugar donde vayamos a tener la sesión o a hacer la práctica en cuestión. ¿En la intimidad o en público? En caso de que sea en público, ¿con personas de confianza o desconocidas delante? ¿En un local o establecimiento específico para practicar BDSM, o en un sitio no bedesemero? Todo esto determina e influye en el hecho de que haya o prácticas sexuales convencionales; y por último, si apetece o no tener sexo, aunque lo que hagamos nos estimule sexualmente. Quizá solo queramos tener una sesión de ‘shibari‘. O de ‘spank’. O servir y obedecer, y sí, se puede, claro que sí. Comunicarse y hablar antes de hacer nada es fundamental para evitar malos entendidos. Y si alguien lleva la mano más allá de donde debe o hace algo que no estaba pactado, es un abuso, con todas las letras. Ni «el BDSM es así» ni gaitas, que BDSM solo son cuatro letras, no el salvoconducto para hacer lo que nos venga en gana. Repetid conmigo: sin consenso no hay BDSM, sino abuso.

Como resumen del tocho de hoy, recordemos que el BDSM es una forma alternativa de sentir excitación sexual a la convencional, ni mejor ni peor, solo distinta, pero no deja de ser sexo. Y no es menos digno ni se ensucia por ello. Eso sí, no es obligatorio incluir prácticas sexuales convencionales en las sesiones, ni no hacerlo si las partes que participan lo desean. Y es fundamental no dar nada por supuesto por el hecho de practicar BDSM, ya que la práctica del sexo convencional es algo que también hay que pactar, como si fuera el ‘medical‘ o el ‘scat‘.

Hasta el próximo charco, lectores y lectoras 😉

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