Ávila

Llevábamos algún tiempo intercambiando comentarios a textos y fotos propias y ajenas por la red social donde estábamos ambos, hasta que un día colgaron un evento que iba a hacerse en una casa rural acondicionada con una mazmorra en Ávila, y nos apuntamos los dos. Entonces decidí tomar la iniciativa y escribirle. ¿Por qué no? Me parecía atractivo e interesante, así que no veía motivo para no hacerlo. Y total, íbamos a conocernos en aquel sitio, así que mejor antes que después. Bueno, había uno: que seguramente tendría que apartarse a las tías a manotazos. Yo sería una más, pero quien no arriesga no gana, dicen.

Le escribí un mensaje corto y conciso, le dije que había visto que estaba apuntado al evento y que yo también iría, que si le apetecía quedar a tomar una cerveza y conocernos antes. Después de darle a enviar me arrepentí al momento. ¿En serio le había puesto eso? Pensaría que solo quería quedar con él para sentirme más segura, o porque no conocía a nadie. Cuando el icono con un sobrecito me indicó que tenía un mensaje nuevo, lo abrí con ganas y leí su respuesta. Le parecía bien, y me propuso un sitio en un barrio a las afueras de la ciudad, un pub irlandés llamado The Clover —nombre típico para este tipo de locales— si me venía bien. Yendo en coche no me importaba ir, así que le pregunté por el aparcamiento y cuando me respondió que no tendría problema, quedamos allí dos días después, a las siete de la tarde.

El día de la cita estaba algo más nerviosa que en otras parecidas que he tenido. Será porque ya me llamaba la atención desde hacía tiempo, o yo que sé, pero lo estaba. Tendría que ir al salir de la oficina, y mi intención era no ir vestida excesivamente formal, pero los dioses quisieron que el día antes me programaran una reunión con el cliente, así que tuve que ponerme traje, una camisa y tacones. Cuando entré en el irlandés de esa guisa me sentí absurda como un belga por soleares, que diría Sabina, y más cuando le vi sentado en una mesa, con unos vaqueros negros y una camiseta de Iron Maiden. Me acerqué a saludarle, nerviosa.

—¿JotaC?
—Correcto —sonrió, levantándose— ¿EleEme? —preguntó, llamándome por mi nick
—La misma —sonreí también, saludándole con dos besos.

Me gustó de inmediato. Tiene los ojos oscuros y una de esas miradas que sonríen y expresan, y su olor me atrapó.

— Vengo directamente de trabajar y no me ha dado tiempo a cambiarme… —empecé a decir, pero me interrumpió.
—Vas muy bien así —sonrió— Me ponen los trajes de ejecutiva.
—Ah, vaya, mira qué bien —dije para disimular que ese comentario me había hecho enrojecer.
—El que vengo hecho un desastre soy yo, que hoy he currado desde casa y casi ni me ha dado tiempo a ponerme otra cosa. Menos mal que hemos quedado aquí, porque vivo muy cerca y si no no habría podido —dijo. Luego me contó que es comercial de software, y que suele tener bastante lío hasta tarde. De ahí haber quedado a esa hora y en ese sitio.
—Normalmente no voy tan formal, pero hoy me han puesto una reunión con el cliente. Yo trabajo en marketing —expliqué.
—Pues deberías, porque te sienta bien —me dijo, dándome un repaso de arriba hasta donde le alcanzaba la vista, porque ya me había sentado.
—Gracias —sonreí.
—Así que vamos a ir al mismo evento… —dijo, sin dejar de mirarme.
—Eso es. Y me pareció una buena idea escribirte, porque como ya nos habíamos cruzado en algún comentario…
—Me gusta que lo hayas hecho. Tenía curiosidad por conocerte —dijo, mientras bebía un sorbo de una cerveza. En ese momento vino el camarero y le pedí una sin alcohol para mí.
—Tengo que conducir —sonreí
—Chica responsable. ¿De dónde viene Ele? —preguntó ¿De Elena?
—Error típico —respondí— De Laura. Y la otra letra es uno de mis apellidos, en inglés —expliqué
—Ah, qué coincidencia. El mío también son siglas, aunque con menos misterio —sonrió— Juan Carlos, JotaC. Aunque como siempre me han llamado Jota, por eso me lo puse de nick. Y switch, ¿verdad?
—Sí. Tú igual, ¿no?
—Veo que te has mirado bien mi perfil —sonrió
—Suelo hacerlo cuando quedo con alguien, me parece feo si no —bebí un sorbo de mi sin alcohol mientras le miraba a los ojos.
—Yo también me he leído el tuyo. Bueno, qué coño. Lo hice hace bastante y ya me gustó entonces…
—¿Y por qué no me escribiste? —pregunté, sonriendo
—Pues… porque me da apuro resultar pesado, aparte que pensé que seguramente te tendrás que quitar a los tíos de encima…
—Vaya… —se me escapó una sonrisa.
—¿De qué te ríes, mala mujer? —ironizó
—Que yo pensé exactamente lo mismo cuando te escribí a ti, que te tendrías que quitar a las tias de encima a manotazos. Pero que tampoco perdía nada por intentarlo —sonreí, bebiendo un trago de cerveza.

Se le escapó una carcajada.

—¿En serio pensaste eso?
—Eh… sí, lo pensé.
—Pues si lo pensaste es que algo te debo gustar, ¿no?
—No soy tan masoquista como para quedar con alguien que no me gusta de entrada —sonreí.
—Muy lógico… —me miró mientras bebía
—Entonces, si tú pensaste lo mismo de mí, es que también te gusto un poco, ¿no? —dije, audaz.
—Algo más que un poco. Pero soy un chico tímido…

Ahora me reí yo.

—Ya lo veo, ya. Menudo pico y menudo morro tienes…
—Y ahora, ¿cuál es el siguiente paso? —dijo
—Que nos acabemos la cerveza y…
—Y…
—Y nos vayamos cada uno a nuestra casa, como hace la gente tímida. Total, nos vamos a conocer mejor este fin de semana, ¿no?
—También podemos pedir otra cerveza…
—También.
—Pero tú no eres tímida. Tienes iniciativa, y eso me gusta —sonrió.

La tensión sexual subió de diez a cien en un momento. Le dije que iba al baño y por el camino se me ocurrió algo, aparte de que necesitaba ir de veras. Oriné, y después de hacerlo y limpiarme, me quité el tanga que llevaba puesto, que era negro y de encaje. Lo guardé en mi bolso y volví a la mesa donde estábamos. Se levantó y fue a ir al baño también, pero antes se sentó un momento a mi lado, en una especie de banco corrido que tiene ese bar en lugar de sillas y me besó. Si el primer beso con alguien te gusta y te hace mojarte como lo hizo aquel, ahí es. Por lo menos ahí te lo vas a pasar muy bien, pero yo sentí algo más: electricidad, química, yo qué sé cómo describirlo. Me dio la sensación de que nuestra compatibilidad iba a ser grande, y no me equivoqué en absoluto. Y entonces ni me podía imaginar hasta qué punto lo iba a ser.

—Ahora voy a tener que esperar un rato para poder mear… —me dijo, en voz baja.
—No me digas que te da vergüenza que vean que tienes la polla dura. A otra con lo de la timidez, que conmigo no cuela…
—¿Me vas a ordenar que lo haga? ¿Que vaya al baño así?
—¿Puedo hacerlo? ¿Lo harías? —pregunté, midiéndole.
—Puedes —sonrió.
—Ve. Y si te miran y te da vergüenza, te jodes. Aunque dudo mucho que te la dé, no creo que conozcas el significado de esa palabra…
—¿Y tú quieres que mee esta noche? —sonrió. ¿Así las gastas, Ele?
—Y peores. Venga, ve, que quiero verte —le dije, al oído.

Fue al servicio y tardó unos cinco minutos en volver.

—No te estarías tocando, ¿no? —pregunté, con ironía.
—Intentaba mear, pero es complicado hacerlo cuando se tiene la polla dura. Aunque no lo habría hecho de todas formas, porque me da la impresión que esperar va a ser más interesante —sonrió.
—¿Qué imaginas que va a ocurrir?
—Prefiero ser prudente…
—Cuando te pregunte algo responde sin irte por las ramas —le dije, con tono serio, pero sonriendo.
—Pues… —dudó— imaginaba que subimos a mi casa…
—Sigue.
—La verdad es que me muero de ganas de tenerte tumbada y comerte entera. Ahora mismo, es lo que más me apetece hacer.
—Me gusta la idea. He pagado mientras estabas en el baño, así que nos podemos ir.

Cuando estuvimos en la calle, me miró y me pidió permiso para besarme.

—Me pondría de rodillas, pero voy a dar mucho el cante si lo hago…
—Porque estamos en tu barrio, que si estuviéramos lejos, no te librabas —sonreí— Es coña. No soy de montar numeritos en público. ¿Así que me quieres comer entera? ¿Quieres un adelanto?

Me miró con cara de no entender, sorprendido. Abrí mi bolso y señalé dentro.

—Mete la mano y coge el tanga que me he quitado hace un rato en el baño. ¿Tu casa está lejos de aquí?
—A una manzana y algo andando, más o menos…
—Elige si quieres ponértelo o metértelo en la boca.
—Es una decisión fácil, ¿no? —dijo
—Depende. Si escoges la opción fácil, te lo pondré difícil más tarde.
—Me gusta cómo piensas —sonrió
—Y a mí cómo razonas.
—Me da que somos parecidos.
—Puede ser. ¿Cuál es tu elección?
—La fácil, que estamos en mi barrio. Me arriesgaré.

Volvió a meterse en el baño del pub. Cuando salió metió un dedo por la cintura de los vaqueros y me enseñó el encaje negro, tirando un poco de él.

—¿Bien?
—Bien —aprobé— Vamos.

Caminamos la escasa distancia que separa el pub de su casa, mientras seguíamos hablando.

—¿Cómo te sientes? —pregunté
—Que me aprieta la polla.
—Mañana te va a apretar más, porque lo vas a llevar mientras trabajas, y al revés, con la parte estrecha por delante.
—¿Quieres que vaya así a currar?
—Claro. Para que te acuerdes de mí.
—Me acordaría igual, ¿eh?
—Por si acaso —sonreí— Y aparte de eso, ¿qué más piensas? ¿Te sientes bien obedeciéndome?
—¿A ti qué te parece?
—Que te voy a tener que enseñar a que no respondas a la gallega.
—Me siento bien y me gusta. Eres imaginativa y haces cosas parecidas a las que hago yo. Eso me preocupa un poco por un lado pero por otro, quiero saber.
—¿Ves qué bien sabes hacerlo cuando quieres? ¿Por qué te preocupa?
—Porque si tienes imaginación, supongo que serás bastante cabrona. A mí me lo dicen mucho.
—Es bueno saberlo —sonreí.
—Tenlo en cuenta, por lo que pueda pasar —dijo.
—¿Eso es una amenaza? —se encogió de hombros.
—Un dato, para que lo tengas en cuenta —sonrió ahora él.
—En caso de que quisiera cambiar de rol contigo, ¿no?
—Claro, en caso de que quisieras hacerlo… ¿Quieres hacerlo? —rió
—Ahora no.
—Ahora no quiero yo tampoco. Sigo teniendo curiosidad —sonrió y me besó.

Llegamos al portal de su casa, abrió con la llave y me dejó pasar. Había una zona ajardinada y una piscina cubierta con una lona. La cruzamos hasta llegar a otra puerta, que volvió a abrir dejándome pasar de nuevo, subimos al ascensor y le dio al piso cuarto. Una vez estuvimos dentro de su casa, cerró la puerta, me quitó el bolso del hombro y después la chaqueta, dejándolas en una silla. Luego se quitó la cazadora y después se arrodilló delante de mí, sin bajar la mirada. Ese puntito de insubordinación me gustó. Le cogí la cara con la mano y se la acaricié. Tuve ganas de darle una bofetada, pero me las guardé, porque no habíamos hablado de nada, por lo que no sabía qué podía hacer y qué no. Le tanteé.

—¿Quién te ha dicho que te arrodilles?
—Me pareció que te gustaría.
—Y me gusta, pero no te lo he ordenado —le dije, aún con la mano en su cara y mirándole a los ojos.
—Es verdad. Discúlpame —me miró con curiosidad, expectante por saber cuál sería mi siguiente paso— ¿Me levanto?
—Sí —le dije, y se levantó despacio. Siguió mirándome. Me moría de ganas de darle un bofetón para que mirara al suelo, y me corté de hacerlo de nuevo. Pero ahora sí le ordené que se arrodillara.
—De rodillas, y mira al suelo.
—Prefiero mirarte a ti —sonrió, retándome, mientras se arrodillaba.
—Me estás poniendo a prueba, ¿verdad?
—A veces soy un poco insolente y me merezco un par de hostias. Dámelas, si quieres.
—Ahora no quiero —mentí, solo por joderle.
—Cuando lo consideres oportuno.
—Debería irme a mi casa, por manipulador…
—Te perderías una comida de coño fantástica, piénsalo…

Me eché a reír.

—No tienes ni vergüenza ni modestia, ¿eh?
—Mi abuela decía que la vergüenza molesta más que otra cosa, y creo que tenía razón.
—Tu abuela seguramente era muy sabia, pero tú de momento levántate y sírveme lo que tengas en la nevera sin alcohol. Luego vuelve y te arrodillas otra vez.
—Claro —me miró— ¿Te gusta el protocolo? ¿Quieres que te trate de alguna manera en especial?
—Me gusta en algunos momentos, pero de momento Ele está bien, y de tú, gracias por preguntarlo.

Se levantó y fue a la cocina. Volvió con un tercio de cerveza sin alcohol que parecía estar bien frío y un vaso. Fue a servirla, pero le hice un gesto con la mano para que se detuviera.

—En la botella, gracias. Límpiala primero —le dije, con tono firme.

Se arrodilló delante de mí y limpió la boca de la botella con su camiseta antes de dármela, sin bajar la mirada. Le di un sorbo a la cerveza, mientras le miraba a los ojos.

—Me da la sensación de que nos parecemos mucho. Y que nos vamos a llevar bien.
—¿Sí?
—Sí. Cuando acabe de beberme esta cerveza, me iré a casa. Te escribiré cuando llegue y me darás las buenas noches. Ah, y no te olvides de lo que tienes que hacer mañana por la mañana, ¿qué era? —pregunté, para comprobar que había estado atento y había puesto interés.
—Llevar puesto tu tanga cuando vaya a currar, con la parte estrecha por delante.
—Tienes buena memoria y has estado atento, bien por ti —le dije, bebiendo otro sorbo de cerveza— ¿Quieres? —le ofrecí
—Por favor —me dijo
—Acércate —tomé un trago largo y cuando estuvo cerca de mí, le besé, dándole parte de la cerveza.
—Gracias. Muy rica —sonrió.
—Cuando hayas cumplido la orden que te he dado, me das los buenos días y me mandas una foto donde pueda ver que lo has hecho, ¿entendido?
—Entendido.

Terminé de beberme lo que quedaba de cerveza de dos tragos y se la puse en la mano. Volví a besarle y le rocé un poco la polla con la mano, por encima de los vaqueros. La noté dura.

—Nada de tocarte hoy, ¿estamos? Si mañana tienes ganas, me pides permiso antes. Pero hoy nada de nada —le miré a los ojos y volví a besarle, mientras le rozaba con la mano y volvía a notar su excitación.
—¿El sábado estarás así de dominante también?
—Es lo más probable. ¿Por qué?
—No, por nada…
—Cuando te haga una pregunta, me respondes. Sin hacer otra pregunta ni irte por las ramas, ¿estamos? —le dije, con tono serio.
—Pues… te lo he preguntado por saber cómo cambias de rol.
—En caso de que quisiera cambiar de rol contigo, ¿no?
—¿Sueles hacerlo?
—Depende de la persona, de lo que me sugiera. Creo que contigo me saldrá hacerlo —sonreí.
—¿Ah, sí? Y… ¿por qué? Si puedo preguntarlo…
—Porque me ha dado curiosidad eso de que eres un cabrón, habrá que verlo. Pero de momento la que mando soy yo —volví a besarle en los labios —Ponte de pie y acompáñame a la puerta.
—¿No te quieres quedar un rato más?
—Me encantaría, pero mañana madrugo mucho. Además —le hablé en un tono más bajo— me gusta la idea de que te quedas con las ganas. No te negaré que yo también un poco, pero lo solucionaré en cuanto llegue a mi casa. Y tú lo vas a escuchar. ¿Serás bueno y tendrás las manos quietas?
—Menuda hija de puta eres…
—No me des ganas de cruzarte la cara, sin saber si lo puedo hacer o no. ¿Me estás provocando?
—Lo puedes hacer —sonrió— Pero voy tomando nota de todo, que lo sepas…
—Ah, y encima rencoroso, ¿verdad? ¿Puedo fiarme de ti, de que vas a portarte bien y tendrás las manos quietas?
—Puedes fiarte. Qué fin de semana tan interesante nos espera…
—Eso parece. Acompáñame a la puerta.

Me costó irme, claro. Yo también me había excitado mucho con todo lo que había pasado, pero quería alargar el momento y dejar algo para el fin de semana. Ya en casa, le escribí para decirle que había llegado. Después me tumbé en la cama y empecé a tocarme pensando en las bofetadas que me había quedado con ganas de darle. Recordé cómo me había mirado retándome y me recreé en la sensación de golpearle la cara, de sentir el calor en la mano y el sonido, y no tardé en sentir que me correría. Cogí el móvil y le llamé.

—Qué paja me estoy haciendo pensando en las ganas que debes tener tú de correrte. También estaba pensado que te daba dos hostias bien dadas… uf. Me voy a correr, ¿me oyes?
—Perfectamente. Eres una hija de puta, que lo sepas. Pero me gusta…

Con esas palabras, llegué al orgasmo.

—Estoy apuntando todas las veces que me lo has llamado…
—Yo también he apuntado cosas.
—Apunta, que no me das miedo…
—Ya veremos. Que duermas bien, a gusto desde luego que sí que lo vas a hacer.
—Tú con dolor de huevos, ¿no?
—Bah, tampoco tanto, Señora… —me picó.

Me reí.

—Tenías que ser un tocacojones, claro. No sé cómo me apaño, pero siempre acabo con sumisos así.
—No se va a aburrir para nada conmigo, se lo aseguro.
—Ni tú conmigo.
—Eso me gusta. Odio quedarme dormido en las sesiones.
—Qué dos bofetones te voy a dar en cuanto te vea, uno por cada impertinencia que me digas, más los que me he quedado con ganas de darte en tu casa…
—Porque ha querido, Señora, me los podría haber dado, ya se lo he dicho.
—¿No te he dicho que me tutees?
—Sí, te estaba vacilando un poquito nada más, lo siento.
—No me había dado cuenta —dije, irónica.
—Pero prometo que puedo ser un sumiso ejemplar, si quiero…
—Tendré que hacer que quieras, ¿no?
—Si siempre acabas con sumisos como yo es porque te gustan respondones.
—No lo niego, pero atajo las insubordinaciones rapidito, ¿eh? Y si eres así debe de ser que te gusta que te den caña, ¿verdad?
—Verdad.
—A dormir. Las manos quietas, y no te olvides de tus tareas mañana, que tengo muchas cosas apuntadas ya, no hagas que alargue la lista.

II

Al día siguiente me escribió por la mañana, pasadas las nueve y media, dándome los buenos días con la foto que le había pedido. Llevaba vaqueros y una camisa, el pantalón desabrochado y, asomando, mi tanga con la parte de atrás hacia delante, tapándole a duras penas la polla. Sonreí y le respondí.

—Muy bien. ¿Qué tal la abstinencia?
—¿Abstinencia? ¿No tenía permitido correrme?

Arrugué la nariz. ¿Pues no se lo había dejado bien claro? Le dije que nada de tocarse. Y entonces caí. Por supuesto, un tocacojones como él tenía que buscar los vacíos legales. Respiré hondo y le respondí pasados unos minutos, tras pensar la respuesta. Lo primero que pensé fue en mandarle a la mierda. Pero tras meditarlo un momento, decidí vacilarle yo también.

—No, claro que no lo tenías permitido, pero ya veo que te agarras a cualquier vacío legal que haya…
—No hay vacío legal, Ele. Dijiste que no me podía tocar… y no lo he hecho. He usado un vibrador. Y tampoco dijiste que no podía correrme…

Resoplé. Los sumisos muy brats me dan pereza. Pero por alguna razón él me estimulaba, seguía sintiendo que me ponía a prueba y que si la pasaba podría ser divertido. Además, posiblemente yo hubiera hecho algo muy parecido, aunque no sé si tan pronto.

—Muy bien, pues espero que hayas disfrutado de esa corrida, porque te va a salir cara. Ya hablaremos más tarde.
—¿Te ha molestado?
—No te negaré que la excesiva rebeldía me crispa un poco los nervios, pero creo saber por qué lo haces. Somos muy parecidos, Jota.
—Mi intención no era enfadarte, pero he cumplido la orden que me diste ayer.
—Tu intención es ponerme a prueba, a ver si aguanto, o mejor dicho “te” aguanto, ¿me equivoco? ¿Qué tal voy pasando la prueba?
—Ya te dije ayer que a veces soy un poco insolente, así que tendrás que atarme en corto.
—O podría pasar de ti y mandarte a la mierda.
—Si no lo has hecho ya es que todavía hay esperanza —puso un icono con una sonrisa.
—Me has respondido a la gallega, una vez más. Paso la prueba, ¿sí o no?
—La última vez que quedé con una dómina a tomar algo aguantó una hora y media. Vas bien, aunque claro, tú me entiendes mejor.
—¿Por ser switch?
—Y porque, por lo visto, somos parecidos, ¿no?
—Me da que sí.
—¿Te vienes a cenar el jueves, y así hablamos despacio de más cosas? Prometo portarme bien…
—Oh, vaya. No me decepciones, que pensé que no iba a aburrirme 😉
—No quiero que me mandes a tomar por saco tan pronto, que creo que nos lo podemos pasar bien, Ele.
—¿Sobre las nueve está bien?
—Perfecto.

El resto de la semana la pasamos más relajada, hablando de muchas cosas. Descubrimos que teníamos gustos en común, como el blues, aunque ya lo sabía, porque le había visto muchas veces poniendo canciones por la red social. En BDSM también nos gustaban cosas similares, no había nada gravemente incompatible. Lo único que me hacía dudar era que yo soy sádica y él me dijo que su tolerancia al dolor es baja, pero después comprobé que esto tenía menos importancia que la que le di en un principio. Además, su estilo dominando, por lo que me contó entonces, se parece mucho al mío, así que hablamos la posibilidad de hacerlo juntos en algún momento. Pero lo que más me gustó de él fue su absoluta falta de tabúes, y que no se escandalizó de ninguna de las fantasías de las que le hablé, ni siquiera las más retorcidas, las que tienen que ver con secuestros, tortura, juegos con dinero o sadismo emocional. Así que cuando llegó el jueves ya teníamos base para poder seguir hablando y conociéndonos. A las nueve menos diez estaba aparcando en la ancha avenida donde está su casa, muy cerca del portal. En pocos minutos estaba cruzando la puerta. Olía muy bien, a algo hecho en el horno, y sonaba un tema de Otis Rush que me encanta. Me dio un beso en los labios, y pensé que iba a arrodillarse, como el día que nos pusimos cara, pero ese día estaba diferente. Me acarició el pelo y después noté su mano en la nuca, suave pero firme. Cuando respondí a su beso, la fuerza con la que cerró su mano sobre las raíces del pelo incrementó, y también la tensión sexual, igual que el día que nos conocimos. Noté como su forma de mirarme había cambiado, y si no lo cortaba de raíz posiblemente acabaríamos a hostia limpia.

—¿Yo no te debía algo? —le dije
—¿El qué?
—De rodillas —ordené
—No sé si tengo ganas de arrodillarme hoy…
—A mí eso me da igual, Jota. De rodillas, bésame los pies, y no levantes la cabeza hasta que te lo diga.

Me miró, y leí en sus ojos las ganas de responderme, y no bien precisamente, pero no lo hizo. Se mantuvo en silencio.

—Ya, ya sé lo que te pasa, y me da igual, ¿me oyes? Hoy no estás por la labor de servirme ni de obedecer, pero como te he dicho, me da lo mismo. Me fui de tu casa el otro día con muchas ganas de darte dos hostias, ¿tú crees que te las merecías?
—Sí, pero si me las das hoy a lo mejor acabamos regular, ¿eh?
—Ya será menos, fiera. Además, lo llevas deseando toda la semana, ¿me vas a decir que no?

—No.
—¿El otro día me intentabas manipular para que te las diera y ahora me mientes?

Se arrodilló e hizo lo que le había ordenado, besó mis zapatos y se quedó en esa postura, y casi pude sentir cómo le costaba hacerlo. Tras dejarle unos treinta segundos con la frente pegada a mis zapatos y pisarle ligeramente la cabeza con un pie le ordené que se incorporara y me mirara. En su mirada había chispas, de estar conteniéndose y reprimiéndose y me reí. A mí me pasa lo mismo, o incluso peor, así que me ensañé.

—Ni se te ocurra moverte mientras lo hago, ¿estamos? —le di la primera bofetada en el lado derecho de la cara, de intensidad media— Esta es por no mirar al suelo el otro día cuando te lo dije y esta —le di en el otro lado, un poco más fuerte— por ser un tocapelotas. Y esto, de regalo porque me da la gana —me agaché hasta quedar a su altura, pero aún un poco por encima de él y le escupí en la boca. No se lo esperaba y su reacción fue cerrar los ojos un momento, para abrirlos a continuación y volver a mirarme, pero ahora realmente cerca del cabreo. Me reí otra vez.

—Te jodes. ¿Te lo merecías, o no? Piensa bien la respuesta, que te llevas otra.
—Sí.
—¿Sí qué? Con que me llames Ele es suficiente, no me hace falta protocolo para tenerte puteado y donde quiero.
—Sí, Ele. Me las merecía… aunque te juro que te odio mucho ahora mismo.
—Lo sé —me agaché de nuevo y ahora le besé y le abracé— Pero lo has hecho bien, te has mantenido en tu sitio. Ve a ver la cena, que tengo hambre. Y ahora nos relajamos, que hay cosas que hablar —sonreí— Pero estas te las tenías que llevar.
—Prueba superada. Si has conseguido que no acabemos a hostias es que realmente tengo ganas de someterme a ti y me sabes llevar. Sí, nos vamos a llevar bien. Eso sí, prepárate —me dijo, aún entre mis brazos.
—Estoy temblando, ¿lo ves? —me burlé.
—Tú ríete…
—¿Me quieres matar de hambre, o qué? ¿Qué has hecho, que huele tan bien?
—Lasaña de berenjenas.
—Pues dame de comer, que vengo desfallecida.

Mientras cenábamos, comentamos lo que había pasado. Me dijo que no le cuesta cambiar de rol con la misma persona y yo a él que a mí me resulta más difícil, que necesito temporadas más largas en un rol, aunque me estaba dando cada vez más curiosidad por verle en rol dominante.

—No me piques, que te vas a dormir calentita…

Me reí

—Es divertido picarte. A ver si te vas a llevar un poquito de lo que me diste el otro día, que cuando me pongo puedo ser muy tocahuevos también.
—Habrá que verlo.
—Lo verás —sonreí
—¿Sí? ¿Este fin de semana? —sonrió
—Lo más seguro.
—Mira que si tienes curiosidad la puedes satisfacer hoy, ¿eh?

Me reí

—Cómo te ha jodido, y cómo me ha gustado hacerlo, tengo que reconocerlo —sonreí.
—Que yo también sé jugar bien a eso, luego no llores…
—Habrá que verlo —se la devolví, irónica —A lo mejor te estoy picando para que acumules rencor —le dije
—Conozco a gente switch que pone como condición que no haya venganza cuando cambian de rol. ¿Tú crees que sería buena idea que pactáramos algo así?
—Voto en contra. A mí me parece divertido, y como nos estamos conociendo quizá sea bueno experimentar con todas las consecuencias.
—Con todas las consecuencias, pues —brindó con su cerveza, chocándola con la mía.

III

Aquella noche terminó de forma muy parecida a la primera y ambos nos fuimos a dormir bastante alterados, pero de manera consciente. Un poco antes de despedirnos en la puerta de su casa, me lo dijo, tras besarme.

—Espero que te cueste dormir.
—Te deseo lo mismo…

Se rio

—El otro día no fui tan malo como piensas. Cuando te fuiste no me toqué, como me habías ordenado —dijo, acariciándome la cara— Y cuando te escuché correrte me dieron muchas ganas. Es solo una de las cosas que tengo apuntadas.

Yo sonreí y le miré a los ojos. Me encanta el tira y afloja que tenemos y que entonces solo era incipiente. Según nos fuimos conociendo fue perfeccionándose, hasta llegar a entendernos con una mirada y dos sonrisas. Pero en ese momento aún nos quedaba para llegar a ese punto.

—Ya, pero al día siguiente bien que hiciste lo que te dio la gana, ¿verdad?
—Pasaste bien la prueba —sonrió
—Estuve a punto de mandarte a tomar por saco, que lo sepas.
—Insisto en que te hubieras perdido cosas interesantes.
—Y yo en que no tienes abuela.
—Ahora no me refiero a mí y a los talentos que tengo que todavía no conoces —sonrió de nuevo— Tienes razón, nos parecemos en algunas cosas y cada vez estoy más convencido de que lo vamos a pasar bien juntos —me besó otra vez, cogiéndome por la nuca y jugando con la tensión con la que me agarraba el pelo, como hizo cuando llegué.
—Cuando me agarras así ¿qué quiere decir?
—Que me gusta tu pelo —dijo, mirándome serio, pero terminando con una media sonrisa y estrechando más el tirón —¿Y cuándo lo hago qué te pasa a ti?
—Nada en especial —mentí. Estaba empapada hacía rato.

Metió la mano bajo mi falda y me rozó por encima del tanga que llevaba puesto. Ni siquiera tuvo que apartarlo para cerciorarse de lo que seguramente ya sabía. Sonrió, tiró un poco más fuerte del pelo y me habló en tono serio.

—Vaya, ¿ahora quién se ha ganado una buena hostia, por mentirosa?
—Cuidado no te esté manipulando para que me la des porque quiera que lo hagas.
—Me da igual, lo pasaría bien dándotela.
—Ahora mientes tú. No te daría igual. Y lo sé porque en esto, creo, somos iguales.
—No hace falta que te la dé ahora mismo. Puedo escoger el mejor momento, uno en el que estés bien jodida y puteada. Yo también tengo buena memoria, no creas que se me va a olvidar —sonrió —Vete a tu casa, que este fin de semana me las vas a pagar todas juntas.
—Si quieres te doy un adelanto —dije, por probarle. Bueno, y también porque estaba muy cachonda, cierto es.
—¿No me has oído? A ver, ¿qué te he dicho? Repítelo.
—Que me vaya a mi casa. Y que este fin de semana me las vas a hacer pagar todas juntas.
—Muy bien. Pues obedece —dijo, mientras metía la mano otra vez bajo mi falda, retiraba un poco el tanga, se mojaba los dedos y los lamía, sin dejar de mirarme.
—No me gustaría que te quedaras con hambre —dije, besándole a continuación.
—Que va, he cenado muy bien. La lasaña de berenjenas me sale buenísima —sonrió— Además, estoy cansado.

Le miré y sonreí también.

—El fin de semana promete.
—Eso seguro. Hablamos, ¿vale? —dijo, mientras me daba un beso en los labios.
—Sí, mañana hablamos para ver cómo quedamos —respondí.

Al día siguiente ya dormíamos en la casa rural donde iba a ser el evento. Una casa de madera y piedra apartada de otras y de toda civilización, de tamaño medio, con varias dependencias en el jardín. Disponía de bastante terreno alrededor, donde, según nos dijeron al llegar tras enseñarnos la vivienda, había posibilidad de hacer ataduras y otros juegos, ya que estaba lejos de miradas indiscretas.

Nos tocó una habitación en la planta baja. En un principio teníamos dos separadas, pero hablamos con los organizadores para decirles que ocuparíamos solo una, para que pudieran ofertar la sobrante a otras personas. Tras dejar las cosas allí, dimos un paseo por los alrededores y por el “bosque” alrededor de la casa donde se podía atar y bromeé con la posibilidad de dejarle allí desnudo, inmovilizado y con los ojos vendados.

—A ver si la que vas a acabar así vas a ser tú, que te pierde la boca.
—Yo lo pensé primero, no seas copión. Además, te pone la idea, no me digas que no.
—No te digo que no —sonrió.
—Pues cuando sea de noche, igual te sorprendo.

Aquella noche hubo una cena de protocolo, en la que acordamos que yo iría en rol sumiso y él en rol dominante. Lo echamos a suertes por el camino. También estuvimos de acuerdo en dejarnos fluir, algo que a mí me apetecía hacer, aunque termináramos por darnos de hostias. Volvimos a la casa para prepararnos para la cena y me dijo que me vistiera con algunas de las cosas que me había dicho que llevara.

—Ponte el vestido negro, y debajo lencería negra. Con medias y los tacones que me enseñaste. Los tacones te los pones cuando vayamos a empezar a cenar, mientras se prepara todo puedes llevar algo más cómodo. Y acuérdate de las normas de protocolo de las que estuvimos hablando el otro día.

Efectivamente, habíamos pactado unas normas de protocolo comunes que valdrían tanto si era él quien me servía o yo a él: trato de usted y Señor, o Señora y lenguaje adecuado en todo momento, sin decir tacos. El resto del comportamiento decidimos dejarlo al libre albedrío de cada uno, lo que permitiría que nos pudiéramos conocer mejor. Terminé de vestirme y maquillarme y él no tardó en estar preparado. Se puso unos vaqueros oscuros y una camisa negra y con la barba y la perilla recién arregladas más un toque de aquel perfume que me gustó nada más conocerle. Estaba muy guapo. Le miré y sonreí mientras se lo decía.

—Estás muy guapo —me acerqué a él para darle un beso en los labios y aproveché para olerle más de cerca— y hueles muy bien.
—Tú estás preciosa —me dijo, mirándome y dándome su aprobación. El vestido negro era corto, con escote drapeado y se me ajusta bien a todas las curvas. El pelo, suelto y ondulado, y maquillada solo lo justo— ¿Todo bien? —dijo, cogiéndome por la cara y devolviéndome el beso.
—Todo bien y todo claro.
—Hay que escoger una palabra de seguridad. ¿Tienes alguna en especial?
—Suelo usar nombres de ciudades, y las cambio, por variar —sonreí.
—Pues… «Ávila«, ¿no? Y si quieres ir más despacio, o cualquier cosa, me lo dices. También será mi palabra de seguridad, que me gusta.
—“Ávila” para parar del todo y “Guisando” para aflojar o ir más despacio, ¿te parece? Por si nos ponemos muy brutitos… —la casa está cerca de los famosos toros de piedra.
—Me parece bien, pero ¿tú crees que nos vamos a poner muy brutitos? —rio— Que nos estamos conociendo…
—Por eso lo digo: solo por si acaso.
—Bueno, vale. Pero por mi parte no va a ser necesario. Te lo aviso: voy a ser más bien blandito, porque quiero conocerte bien. No sé si “blandito” es la palabra, pero sí que me voy a quedar corto, lo prefiero a pasarme. Al menos en lo físico.
—Chico responsable. Yo haría igual —le acaricié la cara.
—Ya habrá tiempo. Vamos —dijo, mirando la hora en su móvil— No vayamos a dar la nota llegando tarde.

Caminé detrás de él. Una vez en el salón de la casa, las demás personas fueron llegando. Éramos unos veinte, y había de todo, sumisos y sumisas solos y parejas de dominante/sumisa y dómina/sumiso. Nos habían explicado que las personas que estuvieran en rol dominante hablarían mientras las que estuvieran como sumisos y sumisas preparaban la cena en la cocina para servirla. Le miré antes de ir con los demás, un poco nerviosa, porque nunca había ido a una de estas cenas, al menos no a una con tanta gente y tan bien organizada. Sí había servido en privado y también me han servido, pero lo de hacerlo con más gente, y más con desconocidos, era un reto para mí. Sin embargo, me apetecía mucho probar y a él le pasaba más o menos lo mismo que a mí: su experiencia previa era muy parecida y, de hecho, ese fue el motivo por el que nos habíamos apuntado al evento.

En la cocina el “encargado” de los sumisos y sumisas nos organizó y dio algunas pautas. Los que veníamos con una persona dominante la atenderíamos siempre que nos lo requiriera, e iríamos sacando la cena poco a poco, cada uno de nosotros se encargaría de servir una cosa, puesto que éramos muchos. A mí me tocó encargarme de la bebida, por lo tanto, tendría que estar atenta a las copas vacías y que no le faltara a nadie en ningún momento. Cuando fui a salir, me puse los tacones, tal como me habían ordenado. Primero serví agua, y después ofrecí vino blanco a todos los y las comensales. Jota no quiso, y cuando terminé de servirlo me llamó y me dijo que me arrodillara a su lado. Lo hice y se acercó a mi oído para preguntarme si estaba bien. Le respondí que sí y me interesé por cómo estaba él, ya que le había notado nervioso también.

—¿Todo bien, mi niña? —a veces me llama así y me hace gracia, pero me gusta. Lo hace mucho cuando está en rol dominante conmigo.
—Sí, Señor. Aún estoy bastante nerviosa, pero se va pasando. ¿Y usted? ¿Qué tal va?
—Poco a poco también, gracias por preguntar —sonrió— Sigue con tus tareas, que lo estabas haciendo bien.

Me levanté y me quedé de pie en posición de espera un buen rato, hasta que una dómina me requirió para que le sirviera otra copa de vino blanco. Aproveché para revisar las copas y hacer una ronda, y cuando otra de las sumisas vino con el plato principal fui a por el vino tinto y empecé a servirlo. El dominante propietario de la casa y organizador del evento me llamó para preguntarme qué vino era, y me pilló a contrapié. Miré rápidamente la etiqueta, nombre y año, y vi a Jota morderse los labios para no reírse. Cuando terminé de contar las bondades del vino, todas inventadas sobre la marcha, porque entiendo muy poco, me preguntó si había sido una buena añada. Y ahí me quedé en blanco.

—Responde al caballero, Ele, por favor —dijo Jota
—Lo haría, Señor, pero lo cierto es que desconozco si este año fue bueno o no, y no quisiera faltar a la verdad.
—Así que desconoce el dato… —dijo el organizador, mirándome y sonriendo.
—Sí, caballero, lo siento. Puedo ir a informarme y en un momento se lo doy, ¿le parece bien?
—Bueno, yo creo que deberías saberlo ya, porque al fin y al cabo eres la encargada de las bebidas. Creo que deberías ser castigada, si a tu amo le parece bien.

¿Ser castigada delante de todo el mundo? ¿Y por aquel hombre? Miré a Jota, y supongo que leyó lo que estaba pensando.

—Caballero Alberto —dijo Jota— disculpe a mi sumisa, pero es su primera vez en un evento como este y está nerviosa. La próxima vez lo hará mejor, ¿verdad, Ele? Pide disculpas de nuevo al caballero.
—Lo siento de veras, caballero Alberto. Procuraré estar mejor informada la próxima vez.
—Bien, eso espero —dijo él, decepcionado. Se había quedado con ganas de castigarme, evidentemente.
—¿Desea alguna otra cosa? —pregunté
—No, nada por el momento, puedes retirarte —dijo, sin quitarme la vista de encima.

Tras ese incidente, el resto de la cena transcurrió tranquilamente. Cuando se retiró la comida, los sumisos comimos en la cocina, aunque Jota me había dado algo de comer de su plato. Una vez estuvimos todos en el salón con la mesa ya recogida, muchos se situaron a los pies de sus amos o amas y otros se quedaron de pie esperando. Jota me ordenó que le trajera una copa, un whisky con agua y un hielo pequeño y cuando se la llevé me dijo que me arrodillara a sus pies. Me ofreció un sorbo, pero lo rechacé.

—No, muchas gracias, Señor.
—¿No te gusta el whisky?
—No, Señor, nada. Soy de ron, de siempre.
—Pues hoy vas a beber whisky. Toma, bebe —me dijo, dándome el vaso.

Le miré pidiendo compasión, pero no coló. Bebí un sorbo, y al tragarlo no pude reprimir un gesto de asco. Nunca me ha gustado. Y aún así, no olvidé ser educada.

—Gracias, Señor.
—De nada, mi niña. Si meo en un vaso y te lo traigo para que bebas, ¿lo harás?

Me pilló completamente desprevenida, pero supe reaccionar.

—¿Es lo que va a hacer, Señor?
—Como dirías tú, no respondas a la gallega. ¿Lo harías o no?
—Sí, claro, Señor —dije, tras pensarlo unos segundos. Nunca lo había hecho así, bebiendo de un vaso. Sí de otras formas, pero digamos más “en caliente”. Así me iba a costar, pero quería demostrarle, y demostrarme a mí misma, que podía hacerlo.

Se levantó y me ordenó que me quedara en la posición que estaba, es decir, de rodillas.

—No te muevas. Ahora vuelvo —dijo, acariciándome.

Fue a buscar un vaso de plástico y también se llevó el de whisky que yo le había llevado. Después pasó a uno de los baños de la casa. Cuando volvió, dejó los dos vasos sobre una mesita y luego se sentó. Los dos eran iguales y tenían idéntica cantidad, en ambos había un hielo pequeño, eran de plástico y contenían un líquido color amarillo pajizo, sin que yo pudiera distinguir a simple vista en cual de ellos estaba la orina por el color u otra cualidad. Solo podría hacerlo por el olor, pero supuse que lo que tendría que hacer sería escoger uno de los vasos y bebérmelo sin más, y no me equivoqué.

—Escoge, venga. Y te lo tienes que beber todo, sin dejar ni una gota.
—¿De un trago, Señor?
—Como tú prefieras —dijo— Si quieres puedes hacer una pausa.

Cogí uno de los vasos, el que estaba a la izquierda, y mi instinto me dijo que debía oler su contenido, pero no le hice caso y miré a Jota a los ojos mientras contenía la respiración y bebía, de un trago, el contenido del vaso que había escogido. Él me miró y sonrió.

—Muy bien, así se hace. ¿Quieres que te diga qué te has bebido? ¿O prefieres quedarte con la duda?
—Prefiero quedarme con la duda, Señor —aún tenía el estómago un poco revuelto, y no me había dado tiempo a saborear lo suficiente como para poder distinguir los sabores.
—¿De verdad no quieres saberlo? ¿En serio?
—No, de verdad, Señor.
—¿Te ha costado mucho hacerlo?
—Un poco, pero quería hacerlo y demostrar que podía.
—¿A quién? ¿A ti, o a mí?
—A los dos. Ha sido un buen reto, gracias, Señor.
—De nada. Me ha gustado mucho que no dudaras, o por lo menos no lo parecía, aunque supongo que en tu cabecita sí que lo estarías haciendo.
—Ha habido unos segundos de intenso debate, cierto —sonreí.
—Sí, ¿verdad? Bueno, pues coge el otro vaso y bébetelo.

Entraba dentro de las posibilidades, pero no me lo esperaba. Punto, set y partido.

—Joder, Señor…
—Uy, ¿eso qué ha sido? ¿Un taco? ¿Algo que quedamos que no se podían decir durante esta noche?
—Sí, y asumo las consecuencias. Me ha pillado de sorpresa, lo reconozco.
—Obedece, vamos. Ya pensaré después en las consecuencias.

Verle dominando estaba resultando fascinante y hacía tiempo que no encontraba a alguien con quien me entendiera tan bien. Además, me había resultado sencillo cambiar de rol con él, y fue una sorpresa porque me cuesta hacerlo. Mi mente había hecho ese clic que para mí es necesario, ya que si no lo hace, me quedo en el simple intercambio de prácticas. Cogí el vaso y le miré a los ojos antes de beber.

—Enhorabuena, Señor —bebí el líquido del vaso de un trago, y esta vez lo saboreé, comprobando que lo que acababa de beber era whisky.
—¿Por? —preguntó, con expresión de sorpresa.
—Porque ha conseguido que mi cabecita haga el cambio. Y porque estoy cómoda sirviéndole. No haría esto para cualquiera.

Sonrió antes de responderme.

—No estaría aquí contigo si pensara que lo haces para cualquiera, Ele. Pero entiendo bien lo que dices. Me pasó algo parecido la otra noche, cuando me diste las dos hostias. Ven.

Hizo un gesto para que me acercara a él y gateé los escasos cincuenta centímetros de distancia que nos separaban hasta quedarme muy cerca. Me puso la mano en la nuca y la cerró sobre el pelo, como ya había hecho otras veces, y dio un tirón moderado que fue cerrándose según hablaba.

—¿Así que no te beberías la meada de cualquiera? ¿Y por qué te has bebido la mía?
—No, Señor, la de cualquiera no. La suya sí, porque es lo que usted deseaba.
—Tutéame cuando estemos solos. De usted solo si hablamos con otra gente, ¿vale?
—De acuerdo, Señor. Hice lo que me has pedido porque querías que lo hiciera, y también porque quería demostrarte que podía hacerlo.
—¿Es una cuestión de orgullo, entonces? —preguntó.
—¡No! Es… una cuestión de confianza.
—¿Eso no es una canción [1] de Depeche Mode? —dijo, riéndose.
—Joder, Señor, eres imposible —me desesperé.
—Dos consecuencias —sonrió— Me das mucho trabajo, ¿eh?

IV

—Para que no te quedes dormido, Señor. Sé que lo aburrido no te motiva —ironicé.
—Gracias. Espero estar a la altura de tu confianza —dijo, besándome.
—Por cierto, gracias por salvarme antes, en la cena, con lo del vino. Me hubiera muerto de vergüenza si hubieras dejado que me castigaran delante de todo el mundo.
—Sí, de eso te quería hablar. Que me debes una muy grande. ¿Has pensado ya cómo me lo vas a agradecer?

Jota tiene un estilo de dominación muy psicológica y menos física que otros tíos con los que he estado, que suelen basarlo todo en lo sexual o en el dolor. Será por eso por lo que me gustó y conecté con él tan rápido. Como sumiso es igual, si no le llegas a la mente no se somete, igual que yo, por otra parte. No tardó nada en saber que mi punto débil como sumisa es el orgullo, algo que siempre intento que no se note, pero a él no se lo pude ocultar por mucho tiempo, lo descubrió rápido.

—Prefiero que me castigues tú, como creas que sea mejor.
—¿Tú habrías hecho lo mismo? ¿Me habrías salvado de que me hubieran castigado delante de todo el mundo?
—Sí, claro.
—¿Seguro?
—Claro que sí. También era tu primera vez, hubiera sido comprensiva. Pero… —dudé
—Sí, dime, que me interesa —dijo, sonriendo.
—No, que yo sí te hubiera castigado después, pero en privado.
—¿Ves? Si ya te lo dije el otro día, que eres una hija de puta. Tienes suerte de que no me parezca a ti en eso. Porque si fuera así, podría ir a buscar al caballero Alberto para que se desquite contigo, y decirle que puede usarte, si quiere. ¿Lo hago? Yo creo que se ha quedado con ganas…
—¿Quieres que te suplique que no lo hagas? —respondí

Me dio una bofetada.

—Responde, sin hacer preguntas. Me gusta eso de tu estilo, me lo voy a quedar —sonrió.
—No lo hagas, por favor. Prefiero que me castigues tú.
—¿Por qué te tenía que castigar?
—Por salvarme en la cena, y por avergonzarte delante de todo el mundo también. Y porque se me han escapado dos tacos.
—Levántate el vestido y ponte sobre mis rodillas. Van a ser 20 azotes, con la mano.

Noté que me ponía roja. Uf, delante de toda aquella gente, aunque estuvieran cada uno a lo suyo, me resultaba difícil. Pero le obedecí. Levanté el vestido y me situé sobre sus piernas.

—Cuenta, alto y claro.

Me estaba temiendo ese momento. Odio contar azotes, es algo que no puedo soportar, por puro orgullo. Normalmente no lo digo, me aguanto y los cuento. Pero me jode en lo más profundo de mi ser, me parece muy humillante. También por malas experiencias del pasado, y es que no todos los dominantes con los que me he topado han sido comprensivos y tolerantes. Lo que suele pasar es que los cuento en voz baja y lo más rápido que puedo. Y por supuesto, se percató de que algo ocurría, aunque en un primer momento no dijo nada. Empezó calentando la piel con los primeros azotes y cuando estaba en el quinto empezó a darme fuerte y sin parar. Al llegar al décimo se detuvo.

—¿No te he dicho que cuentes alto y claro? Casi ni te oigo.
—Sí, Señor, lo siento.
—Vuelvo a empezar. Súmalos a los que llevo —esto es algo que le gusta mucho hacer, lo de volver a empezar la cuenta, o hacerla perder con cualquier excusa.
—Once —dije, lo más alto que pude, con un pequeño grito de dolor.
—¿Es que te da vergüenza contarlos, o qué?

No respondí nada y dejé que siguiera, pero no lo hizo.

—Responde, joder.
—No es vergüenza… pero me cuesta mucho contarlos.
—¿Y entonces qué es? ¿No será orgullo?

No he tenido buenas experiencias con esto, pero sorprendentemente, con él no me estaba resultando difícil hablar sobre ello.

—Puede que sí, un poco…
—¿Un poco? —rio —Un poco bastante. Bueno, ya me lo explicarás mejor. Pero sube un poco la voz, o mañana no te vas a poder sentar. Que no quería venirme muy arriba y me estás calentando. Voy a seguir, ¿preparada?

—Sí.
—Sí, ¿qué? No se te olviden las buenas maneras…
—Sí, Señor.
—¿En cuál nos habíamos quedado?
—En el doce, Señor.
—¿Seguro? ¿Ni llevar la cuenta sabes?
—En el once, Señor. El doce es el que viene ahora.
—Bueno, menos mal. Sigo

Continuó hasta llegar a los treinta, y antes de dejar que me levantara, metió la mano entre mis piernas, encontrándose mucha humedad.

—¿Seguro que no te ha gustado contar azotes? Si estás empapada, zorra. Levántate y ponte de rodillas, que te vea la cara.

Me incorporé y adopté la posición que me había ordenado, frente a él y de rodillas.

—Tu cara refleja lo que me acabo de encontrar entre tus piernas. ¿Te ha gustado que te castigue? —sonrió.
—No aguanto mucho dolor físico, Señor, pero el poco que puedo, me gusta.

Volvió a darme otra bofetada.

—La pregunta no era esa, Ele, y lo sabes.

Resoplé, sin poder evitarlo, y él volvió a sonreír.

—Sí, Señor. Me ha gustado todo, estar sobre tus rodillas, e incluso la humillación.
—¿Incluso?
—Sí. No la llevo demasiado bien.
—Porque eres muy orgullosa. Y qué bien me lo voy a pasar contigo, ahora que lo sé —dijo —Levanta, y ve a por la bolsa que dejé en la habitación. Tráela.

Fui a por ella. Era una bolsa no muy grande, donde había llevado algunas cosas. Se la di y volví a ponerme en la misma posición de la que venía, es decir, de rodillas. Sacó un collar y una correa de la bolsa, y me dijo que me acercara a él. Me puso un antifaz negro en los ojos, después el collar y, por último, escuché el clic de la correa enganchándose en la argolla. Después me ayudó a ponerme de pie y sentarme y al cabo de unos segundos, me quitó los zapatos de tacón y me puso lo que imaginé que serían las zapatillas que traje puestas conduciendo. Tiró de la correa y me obligó a andar.

—¿Dónde vamos, Señor?
—Camina, y no preguntes tanto.

Unos segundos después de decirme esto noté el frío de la noche. Me dijo que fuera despacio, dando pasos cortos, y que confiara en él. Supuse que iba a llevarme al bosque en el que habíamos estado por la tarde, donde había unas maderas con anclajes para poder atar, en el que le dije que podría acabar atado e inmovilizado. Y efectivamente, así fue. Tras un rato de andar, en la más completa oscuridad, nos quedamos parados. Me puso unas muñequeras y luego estiró los brazos hacia arriba y las enganchó a algo que sonó metálico. Después, me puso una capucha en la cabeza y unas tobilleras para poder atarme con las piernas separadas. Me quedé así, inmovilizada y completamente desorientada, sin saber dónde estaba, suponiéndolo nada más. Solo se oía el canto de algún grillo y crujidos, pero por lo demás, el silencio pesaba. Seguro que no fue mucho tiempo, pero a mí me lo pareció, y le llamé.

—¿Jota? ¿Estás ahí?

Aún tardó un poco en responder, y cuando lo hizo, noté como me sacaba las tetas del vestido y las dejaba fuera.

—Estoy, aunque podría irme y dejarte aquí, atada, sola y medio desnuda, para que venga cualquiera y te haga lo que yo le diga, mientras miro.
—Pero no lo vas a hacer, ¿verdad?
—Suplícamelo —susurró en mi oído, dándome un mordisco fuerte en el cuello que me hizo gritar de dolor.
—No lo hagas, por favor…
—¿Y qué hago contigo, entonces?
—Lo que quieras, pero tú solo.
—¿Sí? ¿Me das carta blanca?

Con el frío y la excitación los pezones se me habían puesto duros. Poco después, sentí la presión de unas pinzas cerrarse sobre ellos y gemí. Me gustan y él lo sabía porque se lo había contado en una de nuestras conversaciones.

—Como parece que te gustan las pinzas, no voy a tener prisa en quitártelas. Me apetece que mañana te acuerdes de esto cuando te roce la ropa porque, aunque sea un clásico, no vas a llevar ropa interior.
—Y tanto… —me salió la ironía respondona.
—¿Algún problema? A ver si vas a estar toda la semana que viene yendo a trabajar sin bragas y con falda corta, no me tientes…
—No pensaba que te gustaran cosas tan clásicas, la verdad… —volví a provocarle.
—Los clásicos a veces tienen su encanto —dijo, mientras tiraba de la cadena de las pinzas —Seguro que tus pezones lo van a saber apreciar mejor que tú, puta desagradecida…—dio un tirón fuerte de la cadena que casi me arranca las pinzas, pero quedaron en su sitio. Grité y respiré despacio, para canalizar el dolor y poder disfrutarlo.
—¿Bien? —me preguntó, acariciándome el pelo y dándome un beso en la cara
—Sí, bien —respondí.
—Entonces, ¿me puedo ir y dejarte así un rato?
—¡No!
—¿No? Puedo hacer lo que quiera, Ele. Hemos hecho un pacto, te has puesto en mis manos y has confiado en mí. Y me has dicho que haga lo que yo quiera —susurró en mi oído, mientras me rozaba entre las piernas y me hacía gemir.
—No quiero que te vayas. Por favor —supliqué.
—¿Por qué? Si me quedo a lo mejor te hago cosas que no te gustan… —me mordió otra vez en el hombro, con fuerza, haciendo que me quejara del dolor.
—No lo creo…
—¿Qué te gustaría que pasara ahora?
—¿Tengo que decírtelo?

Se rio y volvió a morderme, en el otro lado del cuello.

—¿Tú qué crees? —ahora me apretó las tetas, primero una y después la otra, aún con las pinzas y muy sensibles, porque llevaban puestas un rato y me hizo gritar y quejarme de dolor otra vez.
—Quieres oírlo, claro…
—Claro. Igual que tú querrías oírlo si me tuvieras así, ¿verdad? Venga, dí lo que te gustaría que pasara ahora. A lo mejor tienes suerte y si tengo ganas puede que lo haga.
—Probaré suerte, por si acaso… Me gustaría correrme, si me lo permites, Señor.
—Qué educada te has vuelto de repente, ¿no? Ya no estás tan descarada como hace un rato. ¿Y qué me das a cambio de que te deje correrte?
—¿Unos azotes en el coño, o donde me los quieras dar?
—Me parece buen trato. En el coño me parece bien, con una fusta muy bonita que me regalaron hace poco. Pero quiero que los cuentes, lo vas a hacer, ¿verdad?
—Si es lo que quieres… —volví a mi modo insolente y respondón.

Me dio una bofetada de intensidad media.

—Joder, ¿qué te acabo de decir?
—Vale, vale…
—No te pongas respondona otra vez, ¿eh? —tiró de las pinzas, haciéndome dar un grito —Van a ser diez fustazos en el coño, para dejártelo calentito. Luego podrás correrte, escoge si quieres que te toque o que te coma el coño.
—¿Los dominantes hacen esas cosas? —le provoqué.
—No soy dominante, listilla —sonrió— Y te la estás jugando, lo sabes, ¿verdad?
—Uh, qué miedo…
—Qué hostia te acabas de ganar, Ele…
—Venga, dámela…
—No, voy a hacer otra cosa primero. Voy a quitarte las pinzas de un tirón, por bocazas. Desde luego te lo mereces, y la hostia también, además de la que te debía del otro día, ¿pensabas que me había olvidado? —me dio las dos bofetadas, cada una en un lado de la cara, espaciándolas lo suficiente para que me sintiera humillada.

Sí, desde luego me lo había ganado, y me preparé para ello. Dio un tirón y sentí un dolor agudo, intenso, un picotazo fuerte que me hizo gritar. Se rio y luego me puso las manos en los pezones, para calmarlos, pero entonces empecé a notar que me corría, y se lo tuve que decir.

—Uf… joder, me duele, pero es que me corro, no lo puedo evitar…
—Pues si no puedes evitarlo tendrán que ser veinte fustazos, y después de correrte te van a doler más. Qué putada, ¿eh? Venga, córrete y disfrútalo, puta —susurró en mi oído.

Puso la mano entre mis piernas y no le hizo falta ni mover los dedos, solo dejarla quieta allí. Me corrí casi en silencio, sintiendo espasmos, como ráfagas de electricidad que me sacudían entera. Después me dio los veinte fustazos, de intensidad media-baja, se portó bien. Cuando acabó, le di las gracias.

—Gracias, Señor.
—De nada, mi niña —dijo, dándome un beso muy largo.

Después me bajó las manos, masajeando los brazos, y luego soltó las piernas. Le abracé y me quedé un momento así con él. Mi excitación no había bajado nada, todo lo contrario. Me miró, sonrió y volvió a besarme, haciendo que notara lo dura que tenía la polla.

—Voy a hacer contigo lo que me dé la gana, que lo sepas —me susurró al oído —Creo que es hora de que nos vayamos retirando a nuestros aposentos, ¿no te parece?—dijo, mientras me abrazaba para que no tuviera frio.
—Me parece perfecto —sonreí, mientras volvía a besarle.

Al día siguiente no había parte del cuerpo que no me doliera, pero nos despertamos sonriendo, él besando y lamiendo todas las marcas que me había hecho y haciendo alguna nueva. Y dijo algo que me hizo reír.

—¿Ves como hiciste bien en no mandarme a la mierda?

Y no tuve más remedio que darle la razón, claro.

[1] (…) It’s a question of lust, it’s a question of trust
It’s a question of not letting what we’ve built up crumble to dust
It is all of these things and more
That keep us together (…)

Es una cuestión de lujuria, es una cuestión de confianza
Es cuestión de no dejar que lo que hemos construido se desmorone
Son todas estas cosas y más
Las que nos mantienen unidos
Letra de «A Question of Lust«, tercer corte del disco «Black Celebration» de Depeche Mode, (1986).

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